viernes, 15 de abril de 2016

Un cuento de muros

Por alguna extraña razón he tomado como referente para este relato el espíritu de las diferentes novelas de mi admirado Pablo Coello, y digo lo de la extraña razón porque en realidad no encuentro más similitudes que la posible fantasía y buena intención empleados. Ahí va, espero que al menos os haga reir:


Hace mucho, mucho mucho tiempo, y un un lugar muy muy muy lejano, había una vez un muy muy muy pequeño país, tan pequeño que sólo tenía dos pueblos, Felices del Monte y Felices del Campo, según estuvieran más arriba o abajo de la única montaña que tenían.


Este país era gobernado por un muy muy muy pequeño rey, muy muy muy viejo, que procuró la mayor, mayor, mayor, mayor prosperidad para sus pueblos, pueblos, pueblos….perdón, ubicando en cada uno de ellos aquellas industrias que consideraba mejor en función del sitio, y que casi siempre, por alguna extraña casualidad, recaia en Felices del Monte, que no hacía más que aumentar riqueza y tamaño por los emigrantes del pueblo de abajo, Felices del Campo, puesto que ahí no tenían más que... campo, campo, campo…., como indica su topónimo, para cultivar, lo que provocaba las quejas de este último pueblo, que no paraba de menguar y empobrecerse, a pesar de la existencia de un fondo de compensación territorial que hacía lo que podía, pues la influencia de la zona más rica era implacable sobre ese reparto.


Cuando falleció este rey, como quiera que no tuvo descendencia, entregó el poder a los propios habitantes, que a partir de entonces pasaron a llamarse “el pueblo”, que enseguida se puso manos a la obra. Primero organizaron los territorios. Los dos pueblos eran muy orgullosos, y los dos se formalizaron como si fueran países asociados. Como hemos dicho en párrafo precedente, el antiguo rey había previsto un sistema de compensación entre los dos pueblos para compensar al pueblo más pobre por la  diferencia en tratamiento económico que tenía, y esto motivó las desavenencias del gobierno que se organizó en el pueblo rico, que no estaba por la labor de seguir regalando según ellos el dinero, así que pensaron que la mejor opción sería independizarse, abandonando a su suerte a ese pueblo lleno de palurdos que era Felices del Campo, empezando a emitir moneda propia, creando una lengua nueva, historia nueva, bandera nueva, nueva…., nueva…., nueva…… como si nunca hubieran estado juntos, juntos, juntos…..


Aaaaaah la lengua, eso sí que fué una gran oportunidad para el flamante nuevo jefe del recién creado país de Felices del Monte, ¿qué cómo se llamaba esa lengua?, pues lo diré: el rockerío. Sí así se llamaba ese nuevo idioma, pero no porque estuviese ligado con esa música endiablada a quien todo el mundo la define como rock’n¡roll, sino por el nombre del antedicho nuevo y flamante jefe del recién creado nuevo país: Roque Ramírez, quien desde pequeño tuvo un especial problema con la pronunciación correcta de determinadas palabras, siendo motivo de cachondeo continuo entre sus amigos, que le llamaban tal y como él pronunciaba Joke Jamírez, y de ahí los consiguientes chistes, que si el jabo del pejo de san Joke y otros sintagmas que omitiremos para no alargar demasiado esta aventura. Sea como fuere, había conseguido su gran sueño, no que él hablara como lo hacían todos, sino a la inversa, que todos hablaban a su manera, lo que le convertía en el mejor, número uno y referente de la nueva lengua. Jamás pensó que llegaría a ello, su venganza estaba cumplida.


A lo que íbamos, retomemos el curso de este cuento. El caso es que sucedió que un día, de la noche a la mañana, un muro apareció a mitad camino entre dos pueblos, separándolos ahora físicamente, nadie podía fijar hora aproximada en que ocurrió ese evento, se conoce que les pilló con el sueño cambiado, y si hubo ruido, nadie lo oyó, pero todos tenían claro que había sido durante la noche porque todos se habían acostado en domingo, siendo al levantarse del día siguiente, lunes obviamente, cuando vieron lo que en un principio parecía niebla, algo típico en esos lugares por esas fechas del año, comprobando al acercarse que realmente no era lo que parecía, pero sí que era lo que veían: un señor muro que abarcaba todo el horizonte, y la altura de al menos tres hombres de talla XL.


Se trataba de una construcción sólida de granito, tipo murallas de aquella grande y mítica ciudad que no fue ganada en una hora.


Desde ambos pueblos y para estudiar la situación, a eso de mitad mañana, una vez bien lavados y desayunados, se dirigieron con sus mejores galas al camino, ahora cortado, reuniéndose al uno y al otro lado los mandatarios, fuerzas públicas y otras gentes de bien, o al menos así se le supone, consensuando cada uno por separado que debían nombrar un Comité de Crisis que estudiara la situación, para lo que se creó la oportuna Comisión, si bien todavía estaba pendiente de formalizar en tanto se ponían de acuerdo quienes serían los integrantes de esa Comisión, pues la oposición entendía que el partido ahora dirigente no podía tener derecho a voto puesto que había sido durante su mandato cuando había aparecido el muro, y por tanto era corresponsable por no haberlo previsto. Todo ello con el voto en contra del partido en el gobierno, que por apoyarse en una minoría (llamado a su vez también Partido Minoritario), ahora reacia mientras estudiaba posibles beneficios que podía aportarle esta nueva situación, no contaba con los suficientes votos.


Esta oposición entendía que debían de ser ellos quienes gestionaran la crisis, para lo que empezaron una serie de contactos bilaterales, trilaterales, tetralaterales, pentalaterales y más entre unas fuerzas y otras en donde entraron en juego posibles pactos, posibles contrapartidas, cesiones y un largo etcétera, que no hacían otra cosa más que alargar y alargar y alargar en el tiempo la posible solución.


La prensa y las emisoras de radio no hacían más que hablar, hablar y hablar sobre este extraño caso:


  • ¿Quién había hecho el muro?, seguro que los del pueblo de al lado, pero la intervención humana era imposible en tan poco espacio de tiempo (escasas horas de la noche del domingo al lunes).
  • ¿Habrían contacto con extraterrestres para hacerlo?.
  • ¿Acaso un castigo divino por las continuas pullas entre ambos pueblos?.
  • ¿Quién lo hubiera hecho qué pretendía?, ¿protegerles de un mal, aislarles por ser el pueblo elegido por no se sabe quien en base a sus méritos?, y si esto era así ¿qué mal era del que les querían proteger y qué méritos eran esos por los que le habían elegido?.
  • Para Felices del Campo estaba claro que era una maniobra de Felices del Monte en su afán por separarse.
  • Para Felices del Monte era una prueba más de su identidad diferente.


Mientras tanto la vida en ambos pueblos seguía, pasando de una cierta alegría por la novedad del muro, lo que originó una serie de eventos festivos, a una cierta intranquilidad, pues veían que la actividad económica y social se deterioraba, porque con independencia de las discrepancias entre los dos pueblos, lo cierto es que ambos sabían que sus economías eran complementarias, amén de vínculos familiares y gente que trabajaba en alguno de los pueblos pero que pernoctaba en el otro, y a pesar de los continuos piques y desavenencias entre los habitantes de uno y otro pueblo, algo habitual entre vecinos, lo cierto es que había una buena camaradería competitiva, y la falta de materias primas y paralización de la economía en general, empezaba a ocasionar los oportunos efectos secundarios.


Uno de esos efectos secundarios afectaba directamente a Felícito, de Felicitos del Monte, enamorado hasta las trancas de Felicitá, de Felícitos del Campo, quienes antes del muro todos los días se veían a mitad camino entre los dos pueblos de donde salían con la excusa de hacer running, pasando inmediatamente a otra actividad nada más verse, en la que no entraré en detalle, lo que sí aclararé es que eso de hacer running no es otra cosa que lo que siempre hemos entendido por correr.


Desde el nacimiento de la aparición del muro esta pareja ya sólo podía efectuar la primera de las actividades, es decir: correr, y por motivos obvios no se veían, aunque ambos notaran su presencia al uno y otro lado.


La comunicación a gritos la descartaron desde el primer momento, porque querían seguir disfrutando de la intimidad de sus relaciones secretas, y obviamente a gritos dejaban de ser íntimas, y secretas.


Pues sucedió que este Felícito, harto de esperar alguna actuación por parte de la clase dirigente a pesar del tiempo transcurrido, decidió por su cuenta llevar cuerda y ganchos para encontrarse físicamente con su amada. Así que cuando llegó al muro, más o menos por donde él calculaba se encontraba el lugar donde holgaba con Felicitá, ató uno de los ganchos al extremo de la cuerda, empezó a dar vueltas y vueltas al gancho para lanzarlo decididamente a lo alto del muro, escalando una vez que enganchó, y llegado a la parte superior sólo tuvo que enganchar del otro lado para descender por la parte contraria, en donde ya le estaba esperando Felicitá, había que recuperar el tiempo perdido, y con tanta actividad se quedaron dormidos inmediatamente después.


Como quiera que era noche cerrada cuando despertaron, Felicitá le rogó que viniera a su casa, hicieran públicas sus relaciones y de paso contara cuál era el ánimo en Felices del Monte, que como podéis imaginar no iba a la zaga del de Felices del Campo, pues si bien las clases dirigentes estaban encantadas con sus discusiones, pues veían que podían sacar tajada, la clase obrera estaba un poco hasta las pelotas.


El caso es que mientras cenaban la voz se corrió, todos los vecinos se pusieron contentos y preguntaron cómo lo había conseguido saltar el muro, alabando su iniciativa, creándose un tumulto entre los habitantes de ese pueblo que como digo ya estaba harto de su clase dirigente, optando por prescindir de las deliveraciones de ese nefasto grupo y pasar directamente a la acción.


Tarea a la que se pusieron inmediatamente a la mañana siguiente bajo las sabias indicaciones de Felícito, reuniendo los mejores picapedreros del entorno y mozos más fuertes, pues se trataba de crear un hueco en el muro por donde poder pasar. Se pusieron manos a la obra y era tal su ímpetu y ganas de acabar ese aislamiento, que por la tarde ya habían hecho dos agujeros, uno en cada sentido del camino, y con las piedras que retiraron crearon un arco del triunfo adosado al muro, conmemoriativo de la gesta, entre gran algarabía de todos.


Al día siguiente, en lo que respecta al pueblo llano de ambos pueblos, ya estaba resuelta la crisis, los dos olvidaron sus ínfulas y desencuentros, y pudieron iniciar sus intercambios como hasta el fatídico momento.


Bueno, tanto el horadar el muro como la creación del arco del triunfo fueron multadas por las partes dirigentes de ambos pueblos, pues se habían hecho sin haber contado con el oportuno estudio de arquitecto o ingeniero, a la par de no haber pagado las tasas correspondientes (obra, urbanismo, etcétera) bajo apercibimiento de bloquear nuevamente el muro, algo de lo que tuvieron que desistir pues se acercaban elecciones y ninguno quería aparecer como el malo, aunque curiosamente todos se atribuían el mérito de la apertura, en el que no tuvieron arte ni parte.


Felícito y Felicitá se casaron, y tanto a la ceremonia como al banquete fueron los dos pueblos (excepto las clases dirigentes que aún estaban enfrascadas en discusiones por posibles irregularidades en la horadación del muro, medidas a adoptar para que no volviera a pasar, responsabilidades de la crisis, puf!!!, un no acabar de temas), y fueron felices hasta el fin de sus días.


Y ya está, se acabó el cuento.


Perdón, ¿cómo dices?, ¿cómo que se acabó el cuento?, ¿y la moraleja???.


¿Ah, que falta la moraleja?, bien pues ahí va.


Con independencia de la referencia a Julieta y Romeo y el consiguiente poder del amor, decir que los verdaderos muros, más allá de los físicos, están en nosotros mismos (todos somos iguales), y únicamente pueden superarse cuando hay verdadera voluntad (esfuerzo y sacrificio), siendo sus soluciones, las más de las veces, simples (tanta reunión, tanta reunión, ¿para qué?).


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