Particularmente yo siempre he tenido claro quién mandaba en casa: mi mujer, claro está, y según tengo hablado con mis amigos y compañeros, la cosa no varía, puede haber algún matiz arriba o abajo, pero quien gobierna realmente es la mujer.
A mi no me va mal, desde que cerraron la gestoría y nos quedamos en la puta calle, convirtiéndome un parado de larga duración, mi señora tuvo muy claro que no íbamos a recibir un duro de nada ni de nadie, afortunadamente ella trabaja, e inmediatamente se puso manos a la obra para tenerme siempre ocupado, pues conocía suficientes casos deplorables, principalmente relacionados con el alcohol, como para no querer verlo repetidos en su propia casa, asignándome distintas tareas de la casa y apuntándome a diversas actividades, extrañas para mí en un principio, pero a las que pronto cogí el gustillo, incluso me apuntó a un taller de lectura y escritura, y es que según ví, mi señora me conocía mejor de lo que me conozco a mi mismo.
No tengo duda que esta subordinación se reproduce en la práctica totalidad de los matrimonios, y entiendo que es una prueba evidente de la evolución de la sociedad, en donde el paso decisivo será el dejarnos de andar con disimulos y dar paso a la mujer en la mayor parte de los puestos de responsabilidad: ¡una mujer para presidente del gobierno YA!.
Bien, pues como iba diciendo, mi señora antes de ir a trabajar ya me ha escrito en una nota, sujeta con un imán a la puerta del frigorífico en donde estructura las diferentes tareas a realizar: de comida haces tal, sube al Carrefour a comprar tal, no te olvides de cual, y ojo con el tema ese que no se te pase más tiempo.
Hoy tenía una labor muy particular a la que afortunadamente esta vez estaba preparado, el día había amanecido soleado, los pajarillos: gorriones, golondrinas, estorninos, verdejos…, ¡alto ahí!, vencejos, quiero decir vencejos, en qué estaría pensando, el verdejo es para otro momento del día…. pues como decía, los pajarillos habían iniciado sus tímidos trinos poco antes de la salida del Sol, para ir in crescendo según iba el gran Astro apareciendo en el horizonte, momento cúspide en que ya es imposible estar en la cama, salvo sueño profundo grado 1 o tapones en las orejas.
De chico recuerdo que esta piera o concierto de trinos me irritaba, pero ahora por el contrario me llena de vida, es como si la vida fuera un UNO total dividido en numerosas existencias, convergiendo en una confluencia especial cuando existe una proliferación de la misma …… perdón, creo que me he perdido, estábamos hablando de que mi señora me deja la lista de tareas en el frigorífico y que hoy en concreto tenía aquella que me provocaba un tremendo terror a lo finito: LIMPIEZA DEL SALÓN A FONDO.
¿Y qué tendrá que ver la limpieza del salón con el temor a lo finito?, pues paciencia, ya falta poco, concretamente tres hojas más.
Todos los días paso rápidamente la aspiradora y el polvo por encima, pero mensualmente hay que hacer la limpieza general en esa habitación de la casa en donde se concentran fotografías, libros, discos, adornos…. en fin, recuerdos de todo tipo con su carga de nostalgia correspondiente, y lo cierto es que no sé si esto es bueno o si es malo, posiblemente sea puro masoquismo, pero las más de las veces encuentro, una vez empezada la tarea, un cierto placer en ello, es decir, en limpiarlo, colocarlo, recordarlo…., estoy convencido que me baja hasta esa rebelde tensión arterial.
Esto no me pasaba antes, quiero decir de más joven, recuerdo que la primera vez que me dió ese ataque de terror fue hace ya un tiempo que prefiero no calcular (me lo tengo prohibido totalmente), estaba con mi limpieza de discos, uno a uno, me llegaba en el apartado de The Beatles cuando cogí el Doble Blanco, con las fotos de los cuatro Beatles individualizadas en el interior, hay que ver lo guapo y lo jóvenes que estaban en ese momento, y que discazo habían sacado, por si alguien creía que el Sargento Peppers era imposible de superar, ahí va eso, un discazo por partida doble, y eso a pesar de las discusiones y trifulcas que tuvieron, que por cierto también fue por causa de mujeres.
Mi reacción inmediata fue ponerlo en el plato de música para darle el toque de oro al día de la limpieza general en el salón, ¿qué cara colocar?, la uno, esa que empieza por el Back in the URSS (enorme canción del PaulMc muy en la línea de lo que haría posteriormente con los Wings), que sigue con Dear Prudence (hecha e interpretada por Lennon y dedicada a la hermana de Mia Farrow que curiosamente también estaba en el retiro de los Beatles en Rishikesh, y que al parecer no salía de su habitación para no perder la concentración, aunque las malas lenguas digan que en realidad lo que tenía era un colitis horrorosa), ¿y que me decís del tercer tema?: Glass Onion??? (Looking through a glass onion…).
Vale de acuerdo, ya entiendo la indirecta, que vaya al grano y que deje de dispersarme, queréis decir, pues sigo.
Recuerdo que finalmente puse la cara dos, esa que empieza por Martha My Dear y acaba con Julia, un total de nueve canciones breves electrizantes, mezcladas una detrás de otra, y que desde aquel día soy incapaz de oir sin que se me escape una lágrima, y ese momento también fue el que me creó la conciencia del paso del tiempo, ese terror a lo finito: Habían pasado cuarenta años desde que el disco saliera en octubre de 1968, y si el disco tenía ya cuarenta años, ¿cuántos años tenía yo?, ¿cuánto tiempo ha pasado desde que se disolvieran los Beatles?, ¿cuántos años desde ….. ????, ¡eeeeeehhhh, alto ahí!, se acabaron los cálculos.
Tuve que bajar de la escalera porque de repente empecé a sentir sudores y vértigos, maravillosa película de Alfred Hitchcock del año 1958 (¡¡¡¡nooooo, diez años más vieja, qué horror!!!), con un James Stewart extraordinario y una Kim Novak que además de darle la réplica perfectamente estaba maravillosa -otro de mis amores imposibles-).
Perdón nuevamente por la dispersión, como iba diciendo me entraron sudores y vértigos ya sólo de pensar en los años pasados y saber que igual que habían pasado hasta ahora, seguirían pasando en adelante, y que dentro de otros cuarenta años …… ¡¡¡¡noooooooo, no lo quería pensar!!!!, yo quiero ser siempre el chavalote que ahorraba casi la totalidad de la propina para pegarse el gustazo de comprar uno de esos discos cuya portada lucía en los escaparates de esas tiendas de discos, desaparecidas ahora, y es que no tengo ningún reparo en confesar que muchas veces compraba el disco por la portada.
El caso es que desde esa fecha hacer la limpieza del salón me dura todo un día a magnis itinéribus (frase recuerdo de mi latin de bachillerato y que no es otra cosa que marchas forzadas, verdadera arma de guerra de las legiones de Julio César…. perdón, continuo con el relato), como decía, no quiero emplear más tiempo del estrictamente necesario, pues aunque me encuentro muy a gusto con mi nostalgia no quiero que se me pase un pelo (la nostalgia, quiero decir), y prefiero recordar pero con precaución, sin hacer cálculos.
Me encanta esa foto en la que nos disfrazamos en Peñíscola de gente del lugar de primeros de siglo XX, estuvimos prácticamente una hora desde que empezamos a probarnos los trajes hasta que finalmente nos hicieron la foto, todo eran risas, un poco animadas por la comida y bebida precedentes, pero el resultado fue genial, imposible no pararse a recordar ese momento, pero alto ahí, nada de calcular años ni meses ni días transcurridos.
Los álbunes de fotos son una pasada, antes había que ahorrar con las fotos, no como ahora en que fácilmente podemos hacer mil fotos al día, el carrete tenía un máximo de 36 exposiciones, y se trataba siempre de ver la fórmula para sacar un par de ellas más.
Con esas limitaciones no quedaba más remedio que apuntar bien, y creo que el resultado estaba a la vista, pero era imposible que esas personas que aparecían ahí fuéramos realmente nosotros, mi mamá con 55 años que, a pesar de tener menos años que yo tengo ahora, la sigo viendo como una persona mayor, entonces, si yo la veía mayor y tiene menos años que yo, ¿yo que soy????, ¡qué cosas!, mejor no pensar.
Esas fotos de reuniones familiares de años atrás en donde estábamos súper jóvenes, inconscientes de todo lo que nos vendría después, ¿y qué nos vendrá encima desde ahora que estoy viendo estas fotos?, ¡¡¡¡madre mía qué angustia!!!!.
Me gusta la foto de la boda de mis suegros, hace poco que el último testigo vivo murió.
En esa foto era perfectamente visible el tío Anselmo, una gran persona, extraordinariamente cariñoso con todos, solícito y servicial, que trabajó en una gestoría hasta la jubilación. Siempre tuvo la idea de comprar una casa de campo para cultivar en su huerta y poder dar paseos por el campo tanto al amanecer como al final de la tarde, de hecho la compró ya cerca de la jubilación, y no había fin de semana que, salvo imprevistos u otros planes, no fueran allí.
Por una extraña razón se enturbió su sentido, pero parece que estaba relacionado con su miedo a morir, y ya jubilado, nada más salir el Sol salía de casa con su mochila, su agua y bocata para el camino, para no aparecer hasta ya avanzada la tarde para cenar, acostarse y recuperar fuerzas para la nueva caminata del día siguiente. Era su forma de combatir esa angustia. Todo esto pudo hacerlo mientras vivió su mujer, porque cuando falleció no supo aceptarlo, suicidándose en el pantano en donde entró por su propio pie paso a paso.
Parece que la locura del tío Anselmo se centraba más en lo no hecho en la vida, más que en el propio miedo a dejar de existir. Su teoría era que la vida era algo así como una película, y argumentaba que había que hacer todo lo posible por aparecer en esa película, si no de protagonista al menos sí de ese personaje que pase por detrás sin que nadie reparemos en él, pero que ya sólo por ese pequeño instante viviría para siempre.
Realmente la vida había sido generosa con él, era bueno en su trabajo, querido por compañeros y clientes, y realmente era consciente de que le querían y él a su vez a ellos también, pero en su cabeza siempre tenía el run run de que tenía que hacer algo más, obviamente algo extraordinario por el que fuera recordado por todos para bien, y no paraba de dar vueltas acusándose injustamente de que no valía para nada, que no sabía hacer nada, que era un ignorante, un patán a quien se le estaba pasando el tiempo sin que viera ninguna posibilidad de salir en esa película de la vida, pero curiosamente tampoco hizo nada concreto para destacar y a su vez aparecer en esa tan repetida película.
Por eso su nivel de frustración siempre fue muy alto, de joven compró una guitarra con la idea de reproducir esas virguerías que veía hacer, pero fue incapaz de afinar las cuerdas, y en vez de insistir e insistir hasta que diera con ello, decidió aparcarla al fondo del armario.
Le encantaba la arqueología y la historia, consiguió acabar el acceso a la Universidad, pero una vez llegado ahí fue incapaz de seguir estudiando, pues argumentaba que el esfuerzo que tenía que hacer le imposibilitaba compaginarlo con su trabajo.
Estaba muy satisfecho con el libro que había empezado y leído a toda la familia, todos le habían aportado ideas y puntos de vista, documentación, pero igual que le vino la fiebre del libro, se le fue.
Cada vez que nos reunimos la familia a comer solemos sacar las fotos antiguas, esas en sepia o blanco y negro, y casi siempre paramos un largo rato hablando con las fotos del tío Anselmo en la mano, un muchachote guapo cuyo miedo a morir, o a no aparecer en la película de la vida como él decía, le cegó para vivir sus propia existencia.
Parece mentira lo que he escrito para llegar al último párrafo, que es el que quería destacar de alguna manera, y que me lleva a las siguientes reflexiones:
- Salgamos de nuestra zona de confort, es evidente que el tío Anselmo nunca lo hizo.
- Hay tiempo para todo, el sentirnos vivos ya es suficiente, pero una vez que has iniciado algo: acábalo.
- Inténtalo, sólo puedes perder, y en este supuesto nos quedaríamos como estábamos.
- Esforcémonos por lo que queremos, hagamos lo necesario para lograr nuestro más ferviente deseo, y acabaremos por conseguirlo.
- El secreto de la felicidad no está en no esforzarse por el placer, sino encontrar el placer en el esfuerzo.
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