jueves, 26 de mayo de 2016

El secreto de Aniceto

Si había alguien en este mundo que pudiese hacer sombra a Juan Sin Miedo, ese era Aniceto.


Que había que salvar a un gato de un árbol: ¡Anicetoooooo!.
Que había que arreglar un roto en un tejado: ¡Anicetoooo!
Que el Orgullo del Pisuerga había quedado sin timón y navegaba sin rumbo: ¡Anicetoooo!.
Que había que mediar en alguna trifulca: ¡Anicetooooo!.


Mucha gente le envidiaba, alegaban que tan sólo era un hombre con suerte porque no había pasado por grandes experiencias personales, como guerras, atentados terroristas, grandes altercados, y no esas pequeñas tontadas en las que intervenía.


Pero nadie sabía que esos actos no eran otra cosa que una reacción para ocultar su verdadero miedo, su horror, la fuente de sus pesadillas, esas que hacían que se levantara repentínamente de la cama para salir corriendo en calzoncillos escalera abajo y no parar hasta sentirse medianamente seguro, esas pesadillas que le desbocaban el corazón, esas que le provocaban enormes sudores que hacian que tuviera que cambiar las sábanas, e incluso de colchón, por estar todas empapadas.


Es obvio que todos tenemos las mismas emociones, si bien cada uno lo experimenta en grados diferentes, pero en el caso de Aniceto, si bien el grado de tolerancia para todos los horrores y miedos era cero, para el de su miedo particular, ese que no quería mencionar, el innombrable,  era prácticamente insoportable.


¡Pero basta ya!,¿cuáles era el miedo que atribulaba a Aniceto?.


Pues bien, ahí va, y guardadme el secreto. Si bien es cierto que tenía auténtico pavor, también era cierto que no podía dejar de verlas, de visionarlas, le provocaba verdaderamente adicción, un terror que se incrementaba por el temor a ser descubierto, lo que provocaba un círculo contínuo, similar al del vértigo.


¿Has dicho verlas, visiionarlas?.


Pues sí, he dicho verlas, visionarlas, y es que la causas de sus pesadillas, de sus terrores nocturnos, de su miedo particular, el inombrable, no era ni más ni menos que las películas de serie B, esas que coleccionaba y cuidaba con el mayor cuidado.


Sí, habéis oido bien, esas pelicuchas, esas producciones cinematográficas de serie B. Lo de la B supongo que será por “bajo presupuesto”.


¿Qué edad tendría cuando empezó a verlas?, sería en torno a los diez años, recordaba con agrado aquella época en que pocos eran los domingos que se escapaban a su rutina: nada más comer Aniceto íba a buscar a cada uno de sus amigos a su domicilio, por aquel entonces el teléfono era un artículo casi de lujo, y una vez reunidos, toda la pandilla salía en alegre camaradería hacia el cine La Rubia, en el barrio del mismo nombre, en donde… por cierto, ¿sabéis de donde viene ese nombre?, no, no era por esa rubia tan estupenda que habitaba en la casa de la esquina de la izquierda, nada de eso, aunque estaría justificado, el nombre venía por las flores que había en el parque que existía por aquella época, se trata de una planta herbácea, trepadora….. bueno, mejor volvemos al cuento.


Como decía iban en camaradería hacia el Cine La Rubia, en donde  por un duro podían ver dos películas en sesión contínua, una casi siempre de vaqueros; pero sin desmerecer a ninguna, las que más le gustaban a Aniceto eran aquellas a las que ahora se llama de serie B.


¿Quién no se acuerda de Fu Manchú?, ese mandarín chino, alto y delgado que siempre aparecía como jefe del alguna extraña banda o secta del mal, cuyos planes eran siempre desbaratados por un investigador inglés de cuyo nombre nadie se acuerda, porque ellos si íban a ver a alguien era a ese chino que les tenía totalmente obnubilados con sus maldades.


¿Qué tensión?, ¿qué momentos?, ¿qué sustos?, ¿qué miedos?, si es que no paraba. Todavía recordaba el final de una película en donde le encerraron en un castillo para matarle y en la siguiente película resulta que le cortan el cuello a uno distinto por él, también alto y con un ligero parecido, y a quien había hipnotizado. Esa noche Aniceto durmió con la almohada encima de la cabeza, ¿no es eso miedo?, estaba totalmente acongojado, ese tío podía obligar a cualquiera a hacer lo que quisiera hipnotizándole.


Todo el mundo sabía quien hacía de ese personaje; Christopher Lee. Por cierto, ¿sabéis que apareció en la carátula del disco de 1973 “Band on the run”, de Paul McCartney y Wings?.


Otro que les gustaba un montón era Vincent Price, la mayor parte de las adaptaciones para la pantalla de las novelas de Edgar Allan Poe estaban protagonizadas por él, y qué risa tenía (no doblada), era impresionante.


Actor que también colaboró en el mundo de la música, es notable su aparición en el primer disco en solitario de Alice Cooper, año 1975, aquel disco conceptual titulado Wellcome to my nightmare (bienvenido a mi pesadilla), ¿no da escalofríos ya el título?; un tema en concreto “The Black Widow” (la viuda negra), está recitado por él, no cantado, y si la narración acongoja, aún más lo hacía la risa final, esa que a pesar del tiempo transcurrido desde que la oyó Aniceto por primera vez aún le ponía la carne de gallina …. the black widow…. Ha ha ha ha ha ….


Ahora por favor, guardenme el secreto, y el de Aniceto, porque en definitiva, ¿quién no ha tenido miedo alguna vez viendo estas películas?.

Ha ha ha ha ha …..



sábado, 21 de mayo de 2016

PALÍNDROMAS (AOXOMOXOA)

Vaya una mañana perdida en el Juzgado, pues no querían nada más ni nada menos que inhabilitarme. Esta vez les ha salido mal, pero vete a saber la siguiente, porque seguro que la habrá; y todo bajo el pretexto de hablar y tratar con los animales como si fueran personas, si yo estoy convencido que es verdad, ¿porqué no lo voy a hacer?, ¿y a quién le importa si yo no me meto con nadie?. No habrá quien me quite de la cabeza que el espíritu o lo que sea que les da las vida es el mismo que nos la da a nosotros, los humanos, simplemente han tenido otra suerte y están encerrados en otra forma, actuando conforme las posibilidades que les ofrece esa envoltura, y es que no hay más que ver cómo miran o cómo reaccionan, tienen los mismos sentimientos que nosotros.


Pues no te amuela que hay otros que defienden la inmortalidad del alma humana o sencillamente niegan la posibilidad de que tengan una vida distinta a la nuestra tan sólo porque son animales, algo que incluso se negó a las mujeres hasta no hace demasiado tiempo, y es que parece que el más allá sólo podía estar ocupado por hombres, ¡qué aburrimiento!.


Parece que ha sido cosa de mi yerno, tiene prisa por pasar a ser el propietario de mi casa en donde llevan temporalmente unos años (desde que se casó con mi hija), y cambiar la tesitura de tal forma que él pase a ser el propietario y un servidor el familiar acogido de paso, disponiendo además  de los caudales que me quedan.


Lo siento por mi hija, pero esto lo arreglo hoy mismo, pues de hecho lo tenemos más que hablado y meditado, hoy sin falta pondré el piso a la venta y delegaré en el mismo abogado tanto su gestión como la de los cuartos, y me trasladaré a vivir a esa residencia en donde, después de más de setenta años, encontré a mi amor adolescente, y así retomarlo justamente en ese punto donde sin planearlo lo dejamos: el final de unas vacaciones maravillosas en el pueblo, que ninguno de los dos ni quisimos ni pudimos olvidar.



lunes, 16 de mayo de 2016

Las caras poliédricas de la confusión

Comenzó a oír los gritos y voces de gente que se aproximaba, el ruido de los perros corriendo con decisión hacia donde él se encontraba, ladrando en la oscuridad; incluso le pareció oír el rotar de las hélices de un helicóptero, cuyo foco barría su entorno cercano.


Empezó a ventilar, 1-2-3: suavemente inhalar, 4-5-6: lentamente exhalar. No tardó mucho tiempo en relajarse, aunque magullado, estaba plenamente consciente, sin dolores, y no paraba de preguntarse qué había fallado.


Sabía que algún día podría pasar, nunca había considerado ni sopesado las consecuencias caso de existir un error, tampoco contaba con plan alternativo, tal era su confianza, pero ese día había llegado.


Todos los cálculos que había efectuado señalaban esa noche, equinoccio de diciembre, si bien esos cálculos no decían nada respecto a que igualmente esa noche iba a ser la más fría desde que existen registros.


Desde muy niño sintió una atracción especial por los lugares abandonados o medio en ruinas, barrios, callejuelas, herramientas, monedas, utensilios u otros enseres antiguos, cuanto más, mejor.


Realmente no sabía de cuando le venía esta afición, pero recordaba especialmente una tarde de verano de hace muchos años en que unos parientes de su tía asturiana del pueblo, le llevaron a pasar una tarde a Valencia de Don Juan. Al final del día, después de haber jugado en la piscina hasta caer rendido, a la salida, y repuestos sus fuerzas todos con un buen bocadillo de jamón y otras delicias contenidas en eso que antes se llamaba fiambrera, y que no deja de ser más que una tupperware.


Antes de comenzar el regreso, el conductor, conocedor del hecho evidente de haber vaciado algo más de lo prudencial la bota, cuyo contenido no era otro que ese vino especial que hacían de forma muy particular cada uno de los agricultores, elegido entre lo mejor de sus vides, quienes competían entre ellos por sacar el mejor y más especial; el caso es que, como decía, decidió pegarse una pequeña siesta, no sin antes dejar encargo a su esposa de despertarle una hora más tarde, y ésta a su vez nos dió licencia, tanto a sus dos hijos como a un servidor, para que hiciéramos lo que quisiéramos por el castillo hasta las 21:00 horas, salvo destrozarlo, ya sea por obra de nuestras manos o del griterío que estábamos montando, posiblemente por haber ingerido algo del contenido de esa bota, y es que por aquella época no se tenían tantos miramientos con la gente menuda.


El juego elegido fue uno bastante habitual en aquella época sin internet ni juegos electrónicos: “el escondite”, consistente en que uno, ubicado en un determinado lugar al que llamaríamos “casa”, se da la vuelta cerrando los ojos para no ver en donde se ocultan el resto de los compañeros de juego, y transcurrido un determinado plazo, cuanto menos mejor, comienza la búsqueda por el entorno prefijado de antemano, y con independencia de otras reglas que no mencionaré para evitar alargar el párrafo, el primero en ser detectado sería el que se ocuparía de buscar al resto de participantes en el siguiente juego.


La casualidad hizo que se acomodara pegado a una parte de la muralla, cercana a la torre del homenaje, oculto por un matorral seco. Al tocar una de las piedras del lienzo derecho de la muralla sintió una especie de especial confort (¿otra vez el vino?), seguido de un cosquilleo corporal que le provocó una especie de confusión, pues parecía entrar en un poliedro con numerosas caras en donde se veía el mismo paisaje pero en otras épocas, y aunque podía ver como si fuera una ventana, no podía moverse ni acceder a ellas, ni tan siquiera interactuar con las personas al otro lado, alucinándole por un lado, pero por el otro produciéndole una gran confusión, pues como se indica en este mismo párrafo, era capaz de ver distintos momentos del pasado de un sitio concreto.


Cansados de buscarle los dos hermanos empezaron a jugar entre ellos como si nada, pero la cosa cambió a preocupación cuando vieron que tenían que regresar al pueblo y seguía sin aparecer; ya serían cerca de las diez de la noche cuando le localizaron con los ojos estrábicos, mirando sin mirar, oyendo sin oir, en una postura realmente incómoda, pero de la que se levantó sin el menor atisbo de problema nada más percatarse de que le habían localizado. Nadie dijo nada por no preocupar a la tía asturiana, pero a partir de ese momento no le dejaron suelto en ninguna de las otras excursiones que hicieron a lo largo del verano, y ese capítulo aparentemente se borró de la mente de todos.


¿De la mente de todos?, no, por supuesto que no, él nunca lo olvidó, esa sensación de introducirse en distintas etapas del pasado, esa confusión placentera que le provocaba el estar aquí y estar a la vez en tiempo real en otros momentos le producía una especie de adicción. Cuando pasaba al lado de una casa derruida, no desperdiciaba el momento de tocar la fachada, la puerta o cualquier cosa, por ver si conectaba con ese pasado.


Siendo un mozo ya había perfeccionado la técnica, y encontrándose en Paris tuvo momentos realmente impactantes, pues en distintos paseos por sus barrios, sólo con acertar con la piedra, o el banco, o el lugar, ese poliedro empezaba a funcionar, llegando a reconocer a grandes pintores, literatos y matemáticos; de uno de ellos pudo leer una fórmula en la que trabajaba y que entendió estaba relacionado con el espacio/tiempo, una especie de transbordador que, según intuyó, le sería de vital importancia para poder participar en la vida de los personajes que veía a través de la caras de ese poliedro, y no sólo de verlas.


Realmente no tenía ninguna duda de lo correcto de sus cálculos. Según estos tenía que situarse en una determinada coordenada en un fecha concreta, para que se pudiera producir ese viaje al pasado.


Las coordenadas más cercanas correspondían a la fortaleza califal de Gormaz, y la fecha el momento justo del equinoccio de invierno de ese año, que vaya casualidad que fuera justamente a las 12 de la noche un día con luna nueva, aunque si estuviera llena daría igual, porque el cielo estaba totalmente cubierto.


Coincidía con fin de semana, así que no tuvo problemas para alquilar una casa rural cercana. Decidió llevar comida, pues así no tendría que comprar nada y ahorraría tiempo, y aquí intuía que pudiera residir el error, que no tenía nada que ver con cálculos matemáticos, sino con el buen estado de conservación de una salsa de setas, que esparció sobre unos raviolis comprados, al igual que la salsa, entorno a un mes en las ofertas 3 por 2 del Supermercado “La Peineta Francesa”.


No estaban mal de sabor, pero notó que algo no iba bien cuando en el viaje en coche a la fortaleza sintió un dolorcito en el vientre, su estómago empezó a generar unos extraños sonidos, que decidido como estaba a llevar a cabo su tarea, prefirió ignorar.


Pero los ruidos no sólo ignoraron a su vez ese desdén, sino que además empezaron a acompañarse con más molestias intestinales, posiblemente generadas por un gas que se desprendía como consecuencia de la combustión de los raviolis con su salsa y estas a su vez con los jugos gástricos, que estaba pugnando por salir.


Ya en la fortaleza no le quedó otro remedio que acercarse a un lado de la muralla, bajarse los pantalones y una vez en posición abandonar la lucha y dejar que huyeran libremente tanto aquello en lo que se hubiera transformado ese alimento como sus ruidos y gases correspondientes.


Consecuencia del relax inmediato, una vez en pie, avanzó unos pasos espurriéndose, los pasos justos para pisar precisamente esa piedra que el tiempo había acabado por liberar su presión de sus acompañantes, cayendo al vacío de un aljibe, afortunadamente vacío y sin mucha profundidad, pero el causante de su estado actual, no se había roto nada, pero tampoco había forma de salir de ahí, así que la aventura finalizó llamando al 112, quienes después de desechar que se trataba de una broma, que les costó, enviaron el oportuno equipo para rescatarlo, parece que en función del equipo movilizado, le iba a salir por un huevo, mejor no pensarlo.


Ya podía ver las luces de las linternas, y las voces se sentían muy próximas, dentro de poco le sacarían de allí y podría volver a recalcular las siguientes coordenadas para acceder a ese pasado, sólo esperaba que para la próxima vez fuera por lo menos verano.