Si había alguien en este mundo que pudiese hacer sombra a Juan Sin Miedo, ese era Aniceto.
Que había que salvar a un gato de un árbol: ¡Anicetoooooo!.
Que había que arreglar un roto en un tejado: ¡Anicetoooo!
Que el Orgullo del Pisuerga había quedado sin timón y navegaba sin rumbo: ¡Anicetoooo!.
Que había que mediar en alguna trifulca: ¡Anicetooooo!.
Mucha gente le envidiaba, alegaban que tan sólo era un hombre con suerte porque no había pasado por grandes experiencias personales, como guerras, atentados terroristas, grandes altercados, y no esas pequeñas tontadas en las que intervenía.
Pero nadie sabía que esos actos no eran otra cosa que una reacción para ocultar su verdadero miedo, su horror, la fuente de sus pesadillas, esas que hacían que se levantara repentínamente de la cama para salir corriendo en calzoncillos escalera abajo y no parar hasta sentirse medianamente seguro, esas pesadillas que le desbocaban el corazón, esas que le provocaban enormes sudores que hacian que tuviera que cambiar las sábanas, e incluso de colchón, por estar todas empapadas.
Es obvio que todos tenemos las mismas emociones, si bien cada uno lo experimenta en grados diferentes, pero en el caso de Aniceto, si bien el grado de tolerancia para todos los horrores y miedos era cero, para el de su miedo particular, ese que no quería mencionar, el innombrable, era prácticamente insoportable.
¡Pero basta ya!,¿cuáles era el miedo que atribulaba a Aniceto?.
Pues bien, ahí va, y guardadme el secreto. Si bien es cierto que tenía auténtico pavor, también era cierto que no podía dejar de verlas, de visionarlas, le provocaba verdaderamente adicción, un terror que se incrementaba por el temor a ser descubierto, lo que provocaba un círculo contínuo, similar al del vértigo.
¿Has dicho verlas, visiionarlas?.
Pues sí, he dicho verlas, visionarlas, y es que la causas de sus pesadillas, de sus terrores nocturnos, de su miedo particular, el inombrable, no era ni más ni menos que las películas de serie B, esas que coleccionaba y cuidaba con el mayor cuidado.
Sí, habéis oido bien, esas pelicuchas, esas producciones cinematográficas de serie B. Lo de la B supongo que será por “bajo presupuesto”.
¿Qué edad tendría cuando empezó a verlas?, sería en torno a los diez años, recordaba con agrado aquella época en que pocos eran los domingos que se escapaban a su rutina: nada más comer Aniceto íba a buscar a cada uno de sus amigos a su domicilio, por aquel entonces el teléfono era un artículo casi de lujo, y una vez reunidos, toda la pandilla salía en alegre camaradería hacia el cine La Rubia, en el barrio del mismo nombre, en donde… por cierto, ¿sabéis de donde viene ese nombre?, no, no era por esa rubia tan estupenda que habitaba en la casa de la esquina de la izquierda, nada de eso, aunque estaría justificado, el nombre venía por las flores que había en el parque que existía por aquella época, se trata de una planta herbácea, trepadora….. bueno, mejor volvemos al cuento.
Como decía iban en camaradería hacia el Cine La Rubia, en donde por un duro podían ver dos películas en sesión contínua, una casi siempre de vaqueros; pero sin desmerecer a ninguna, las que más le gustaban a Aniceto eran aquellas a las que ahora se llama de serie B.
¿Quién no se acuerda de Fu Manchú?, ese mandarín chino, alto y delgado que siempre aparecía como jefe del alguna extraña banda o secta del mal, cuyos planes eran siempre desbaratados por un investigador inglés de cuyo nombre nadie se acuerda, porque ellos si íban a ver a alguien era a ese chino que les tenía totalmente obnubilados con sus maldades.
¿Qué tensión?, ¿qué momentos?, ¿qué sustos?, ¿qué miedos?, si es que no paraba. Todavía recordaba el final de una película en donde le encerraron en un castillo para matarle y en la siguiente película resulta que le cortan el cuello a uno distinto por él, también alto y con un ligero parecido, y a quien había hipnotizado. Esa noche Aniceto durmió con la almohada encima de la cabeza, ¿no es eso miedo?, estaba totalmente acongojado, ese tío podía obligar a cualquiera a hacer lo que quisiera hipnotizándole.
Todo el mundo sabía quien hacía de ese personaje; Christopher Lee. Por cierto, ¿sabéis que apareció en la carátula del disco de 1973 “Band on the run”, de Paul McCartney y Wings?.
Otro que les gustaba un montón era Vincent Price, la mayor parte de las adaptaciones para la pantalla de las novelas de Edgar Allan Poe estaban protagonizadas por él, y qué risa tenía (no doblada), era impresionante.
Actor que también colaboró en el mundo de la música, es notable su aparición en el primer disco en solitario de Alice Cooper, año 1975, aquel disco conceptual titulado Wellcome to my nightmare (bienvenido a mi pesadilla), ¿no da escalofríos ya el título?; un tema en concreto “The Black Widow” (la viuda negra), está recitado por él, no cantado, y si la narración acongoja, aún más lo hacía la risa final, esa que a pesar del tiempo transcurrido desde que la oyó Aniceto por primera vez aún le ponía la carne de gallina …. the black widow…. Ha ha ha ha ha ….
Ahora por favor, guardenme el secreto, y el de Aniceto, porque en definitiva, ¿quién no ha tenido miedo alguna vez viendo estas películas?.
Ha ha ha ha ha …..