El primer título que se me ocurrió para este relato fue “elogio de la espera”, pero habida cuenta del número de veces que devuelve Google para esta misma frase me decidí por algo más original, por lo menos para la entrada actual no me devuelve ningún resultado, algo que me llena internamente de satisfacción, un poco tonta, pero si lo consideramos fríamente, teniendo en cuenta la cantidad de mentes pensantes que hay en el planeta, acertar con una frase original es toda una proeza.
Pero ahora volvamos al primer título, ese de “elogio de la espera”.
De acuerdo, las esperas siempre son desagradables, una falta de deferencia del causante al esperante que muchas veces no se hacen con mala intención, pues no imagino a la mujer amada pensando por lo bajini: “este me va a esperar media hora por lo menos, ji ji ji ji”, aunque por otra parte también sabemos que es un viejo sistema utilizado tanto por la policía como por los departamentos de Recursos Humanos de todas las empresas. Una fórmula más para acorralar a la persona seleccionada con objeto de saber si cumple con los requisitos buscados o bien pillarle en un renuncio.
Todos sabemos que esto de las “esperas” provoca en no poca gente un alto grado de indignación, aunque esto va por edades, y parece que hieren más cuando la espera procede de alguien a quien se le considera de menor “graduación”, porque si consideramos que el causante tiene mayor autoridad automáticamente la disculpamos: ¡acababa de llegar justo en ese momento! (aunque realmente llevara una hora), ¡ni me he dado cuenta! (a pesar de haber perjurado durante toda la espera), y un sinfin de ejemplos más que todos en mayor o menor grado conocemos.
Y es que podríamos citar cientos de casos, a ver, por ejemplo y así de repente se me ocurre, a la novia se la pueden disculpar las esperas (decir los retrasos parece que tiene otra connotación), pero una vez pasados por la vicaría puede llegar a ser causa de divorcio. La espera es la misma en uno u otro estado, pero algo ya no es igual, ¿qué ha cambiado?, ¿puede aplicarse a otros casos?.
Sobre ese “algo” he indagado entre mis compañeros de travesuras en la niñez y todos piensan que en esa tierna edad no se da importancia a las esperas. ¿Cuántas veces quedamos a jugar al fútbol y al no presentarse alguno hacíamos equipos mixtos?, no de chicos y chicas mezclados, no, en absoluto, por aquella época relacionarse con chicas era casi pecado o de mariquitas. Todos recordamos que los colegios eran de niños o de niñas, o en el caso de coexistir las niñas estaban en un bloque y los niños en otro, y que incluso había distintas horas de recreo para no juntarse.
Afortunadamente esta separación se ha superado, hasta en la Iglesia, bueno, no es que convivan los curas y las monjas juntos en el mismo bloque, al menos no oficialmente, pero no hará mucho el sacramento de la comunión se tomaba por separado, es decir, que en los bancos de la izquierda estaban las niñas y en los de la derecha los niños. Ahora prácticamente les emparejan, y sin tan prácticamente.
Pero no hablamos más de la segregación por sexo, vamos a seguir hablando acerca de (pongamos voz de Vincent Price, con un poco de eco, por favor): “la espera”.
Me acaba de llegar un ramalazo de inspiración y creo que Groucho Marx ya tiene alguna frase sobre el particular, algo así como el tiempo invertido en esperar a su mujer (no precisa si fue a una en concreto o a todas las que tuvo), lamento no recordar con exactitud la frase. Bueno, a lo que íbamos.
Particularmente aconsejo disfrutar de esos maravillosos momentos de espera, siempre que se acuda a una cita hay que ir preparado. NO, no es cosa de llevarse trabajo a la cita, por supuesto que no, pero sí buscar el “bright side of life”. Disculpad el anglicismo, siempre que mi mente puede, aprovecha para hacer un homenaje a esa pegadiza canción incluída en la extraordinaria película de 1979 de los Monty Python, “la vida de Brian”, y cuyo estribillo reza “Always look on the bright side of life”, turú, turú, tari tori tori, turú, turú…
Retomo el hilo que me pierdo. Estábamos en que ya Groucho hizo a una alusión a aprovechar los tiempos muertos de estas esperas, transformándolas de tiempos perdidos en tiempos aprovechados.
En la misma charla aludida seis párrafos antes, mis colegas de la niñez afirmaban no tener sensación de culpa o pérdida de tiempo por esas esperas, y la mayoría lo aprovechaba según el caso: lectura de periódico, completar el crucigrama, charla con el camarero o con la persona de al lado a cuenta bien de “la espera”, de las mujeres o del partido del Madrid. Claro, esto para las generaciones anteriores a las aplicaciones sociales, porque ahora estas últimas tienen un sinfin de apps, desde el clásico FaceBook (sí, sí, he dicho clásico), pasando por el consabido Wasap que a veces llega a ser un auténtico suplicio en función de la actividad de los grupos, hasta….. y se acabó, que me pierdo otra vez.
Recuerdo que fuí un niño enfermizo, y que las colas de antes en la Seguridad Social eran brutales. Mi señora madre siempre me decía: “como nos tocará esperar, cógete un cuento y así te entretienes”. Daba igual si era la quinta o décima vez que se leía, siempre era igual de interesante, o más quizás, porque siempre había un rasgo, una expresión en el dibujo, una nueva lectura o sencillamente diferente, que provocaba en la mente, y no exagero nada, un estado de plenitud, tranquilidad, relax, paz, quietud, calma, …
Entiendo y justifico claramente que una persona de una determinada edad no se emocione con las aventuras del Capitán Trueno, el Jabato, o similares, mientras espera en consulta. O ría desaforadamente con los errores tontos de Mortadelo y Filemón, el botones Sacarino o personajes similares.
Para estas edades lo mejor es darse una vuelta por las distintas bibliotecas que afortunadamente existen en nuestra ciudad (no sé de quién partió la idea de abrirlas, pero ese sí que merece una calle, una plaza y hasta un barrio entero), y buscar aquellos formatos de novela que se ajusten al bolso de la chaqueta.
El secreto está ahí, en coger una novela así sin más, sin más motivo o justificación que “en la chaqueta quepa”, prescindiendo incluso de ver la portada o pequeño anticipo de la contraportada.
Es así de esta manera como podéis encontraros con auténticas sorpresas, joyas que además, para bien o para mal, suelen ser cortas, entorno a las doscientas páginas, se leen en un pis pas, sobre los temas más diversos: aventura, ciencia ficción, históricas, imaginación, misterio, todas ellas dispuestas siempre a sorprender.
¿Y qué mejor momento para leerlo?.
Creo que no puedo ocultar mi admiración por Vincent Price, y estoy seguro que este vídeo encantará a todo el mundo:
Creo que no puedo ocultar mi admiración por Vincent Price, y estoy seguro que este vídeo encantará a todo el mundo: