sábado, 21 de enero de 2023

El buenazo de Virgilio

Taller de literatura 2022-05-11


Base del trabajo


El protagonista de la historia es la persona más buena y agradable que quepa imaginar. 

El narrador le odia con hirviente pasión.


TÍTULO:  “El bueno de Virgilio, síiii,,,,, ése, el de los ojos saltones”


Este tipo de personajes, aparentemente tan inocentes, son una auténtica lacra, un peligro para la sociedad, un elemento desestabilizador de la convivencia, ¡sí sí!, hablamos de las mismas personas, esas personas ”buenas” y “agradables”, y lo digo y lo escribo entrecomillado, que sin darse cuenta van sembrando conflictos a su alrededor de la forma más inocente. Pero permítanme contarles uno de mis casos, exactamente el primero que recuerdo:


Ha transcurrido toda una vida desde que nos conocimos por primera vez, ¿qué año sería?, ¡ah, sí!, me doy perfectamente cuenta porque el profesor, sólo había un profesor por clase y para cada curso que nos daba todas las materias,  nos mandó que escribiéramos lo que él nos leía de un libro con el objeto de calificar la corrección ortográfica del alumnado; Redacción, creo que se llamaba; en el encabezamiento puse incorrectamente el año anterior, 1965, en lugar del correcto, 1966, y entonces me dio por hacer cálculos sobre los años que me quedaban hasta el año 2.000, o el año en que haría el Servicio Militar, que si con cuántos años me casaría, si la niña con quien me casaría sería Carmencita… Pues bien, estaba en esas cábalas cuando recibí un capón en el coco proporcionado por nuestro idílico e ilustre profesor que, una vez ejecutada la acción elevó la voz: “Virgilio, mira desde cuando lleva dormido y redáctale lo que le falte, que no te copie y que se dé prisa en escribirlo ese mequetrefe que tienes por compañero, ¿porque supongo que querréis salir al recreo?, un “siiiií” generalizado se oyó por parte de los presentes que callaron nada más oír un nuevo golpe de la vara encima de un pupitre. ¡Silencio!, “a ver si tengo que decir las cosas de otra forma”. Mientras tanto Virgilio había volteado su cuaderno hacia mí para que pudiera leerlo y copiarlo sin faltas, algo que le agradecí en el alma, pues la ortografía no era el fuerte de un servidor, y me presento, mi nombre es Emiliano, el antagonista de Virgilio, personajes principales y sin los cuales no se sustentaría esta historia, hago un pequeño resumen por si alguien hubiera perdido el hilo, ¿qué quién era Emiliano?, pues servidor, ¿quién si no?, el antagonista del que fuera número uno en todo: Virgilio, quien hiciera lo que hiciera todo le salía bien, algo que le venía de natural, no lo hacía a drede, nada de premeditado, vamos, que no había aparentemente ninguna malicia. Yo, después de agradecerle la iniciativa de voltearme el cuaderno me volví a sumir en mis pensamientos: ¡Qué canción más chula había oído esta mañana, algo así como “si lovs you yeeee yeeeee yeeee”, creo que son los Bitles, hay que ver qué majos son, y en ese momento noto un zarandeo en mi hombro izquierdo de Virgilio quien me dice por lo bajinis: “no te duermas que te está mirando”, no hace falta aclarar quién, y efectivamente, gracias al aviso oportuno me salvé de un nuevo coscorrón en el mismo día y mismo profesor, récord que no deseaba. Y es que Virgilio era de natural encantador, por eso era el más apreciado del curso por parte de los profesores, y conforme ascendía su buena fama ente los profes, se incrementaba los celos, la cochina envidia, la frustración, la … lo que sea, por parte de todo el alumnado, aunque creo que particularmente yo saqué ventaja a todos, el que más ojeriza le tenía, y si no esperad a conocer estas pequeñas historias.


El mismo día de los capones a la salida de clase íbamos Virgilio y yo a nuestra casa juntos, que entonces no había miedo de que nos secuestraran, y los dos nos fijamos en Marita, siempre tan despistada, cruzaba la calle mirando para la derecha en vez de la izquierdazoda,  si lo hubiera hecho correctamente se habría percatado de que un 600 iba a toda pastilla, no pudiendo frenar a tiempo para impedir el atropello de Marita. Corrí hacia ella y cuando llegué a ella decía cosas muy raras, nada extraño por otra parte, ella era así, y supongo que mi actuación posterior lo habría visto en alguna película, el caso es que grité: “está bien, pero habría que llevarla al hospital rápidamente”, en eso apareció Virgilio envuelto en una aureola, algo así como el traje de superman, ordenando, sí señor, como lo digo: ordenando que el mismo vehículo que había atropellado a Marita la llevase al hospital, que no se podía perder más tiempo, y se hizo todo en un pis-pas, unos para un lado, otros para otro, y yo me quedé alelado dando cuenta a todo el que me peguntaba sobre lo que había pasado, incluso a don Felipe, el profesor de los coscorrones. Yo estaba muy satisfecho por mi actuación, pero he aquí que al día siguiente, y en primera página del diario local, aparece una fotografía en primer plano de Virgilio, y una comentario algo así como “alumno aventajado salva de la muerte con su actuación a una compañera atropellada”, y luego todo era ensalzar la figura del primero olvidando la labor efectuada por un servidor, la indignación fue tremenda, y más cuando pude ver que el artículo periodístico estaba firmado por don Felipe. 


Este es el recuerdo de mi primera frustración, yo sólo pedía que se me pusiera al nivel que correspondiera, pero que no se olvidaran que la iniciativa fue mía. Hasta la misma Marita lo comentó: no dicen nada de tí y fuiste quien me salvaste, lo recuerdo perfectamente. Estuve sin hablar con Virgilio toda la tarde, y a la mañana siguiente, notando él que estaba mosqueado por el tema de Marita, sacó una barra de regaliz para sellar nuestra amistad  que tendría el mismo derrotero que este primer recuerdo, pero para ser nuestra primera historia por esta vez no voy a extenderme demasiado, y pongo punto y aparte a este capítulo con el firme juramento de continuar en nuevas y próximas aventuras deeee... el buenazo de Virgilio.


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miércoles, 18 de enero de 2023

Vocación



Fuencisla, mi madre, tenía la manía de leer todo tipo de panfletos excepto libros: anuncios de los autobuses, la carta entera de los restaurantes, vallas publicitarias...  si no tenía tapas le interesaba. Así que cuando encontró una carta en el cajón de la mesita que no iba dirigida a ella, en contra de su criterio habitual, la leyó, “¿Qué importa si la leo?, se decía, James no tiene nada que ocultar”, fue lo que pensó. Pero algo se movió dentro de su espíritu al acabar que hizo que guardara la carta nuevamente en el cajón cuando la terminó y para tranquilizar su espíritu anduvo de habitación en habitación por la inmensa casa vacía, hablando sola. Volvió a sacar la carta, la releyó y la volvió a leer de nuevo un sinfín de veces, hasta que, movida por un engranaje interno se levantó de la silla en donde estaba sentada  salió disparada de casa, sin ponerse el abrigo ni cerrar la puerta con llave, bajó los escalones y se dirigió a la iglesia al final de la calle.


Estaba como abstraída, ensimismada en sus propios pensamientos, sin preocuparse por cómo iba vestida, su atuendo de andar por casa, sin peinar, sin pintarse un poco la cara, despreocupada por esas posibles habladurías, ese “qué dirán” tan fácil de poner en marcha nada más que algo o alguien se salía de la norma habitual.  Fuencisla lo sabía, pero aún y con esas no se arredró un momento, su familia era lo primero y bien podía aguantar cualquier tipo de cuchicheo, ya taparía la boca a quien fuera cómo así había sucedido en otras ocasiones. Cruzó el umbral de la iglesia cuyo interior estaba tremendamente oscuro lo que le produjo un momento de ceguera total que la obligó a pararse. Recuperada la visión dirigió la vista hacia el confesionario en donde detectó un grupo de mujeres a la espera de confesarse, ningún hombre, éstos parecían más interesados en confesarse entre ellos en el bar jugando al dominó o al mus.


Cuando dio la absolución a la mujer que se confesaba salió del confesionario el padre Elpidio, que así se llama el sacerdote, quien se disculpó ante el grupo de mujeres pendientes de confesar, “es la hora del rosario y luego la misa, si os parece dejamos la confesión para mañana, además, si ustedes son unas santas que ya tienen el Cielo ganado”, que acompañó con una sonrisa ciertamente seductora y correspondida por las mujeres, que celebraron la broma.


Fuencisla, que vio la escena desde el dintel de la puerta, . No ha cambiado en nada el jodío, pensó. Mientras otros curas engordaban Elpidio se mantenía en su peso, ese culito le ponía a Fuencisla a tope; mientras otros curas parecían envejecer Elpidio rejuvenecía, mientras todos perdían el pelo, Elpidio lo tenía intacto, ni la tonsura se le notaba ¿será cierto aquello de vender el alma al diablo, o será el elixir de la eterna juventud que lo tiene escondido en alguno de los recovecos de la iglesia, que no son pocos?.  a Fuencisla se le cambió la cara y pensó “este muchacho no ha cambiado en nada desde que llegó ya para 30 años para hacerse cargo de la iglesia, y así poder sustituir al padre Remigio, por aquella época ya medio ciego.


Elpidio estaba realmente fatigado con tanta confesión, pero le gustaba, sabía que su labor era más de ayuda psicológica que de reparar dudas religiosas, tenía la puerta del templo abierta para orearlo, y en un determinado momento fue mirar hacia la puerta cuando vio recortarse el perfil de Fuencisla, el Sol le daba en la espalda proyectando su sombra hacia el interior del recinto sagrado, parecía una diosa griega en busca de su tributo. ¿Cuanto tiempo hace desde que sus existencias se cruzaron?. Elpidio no venía convencido, estuvo en un tris de colgar los hábitos y más desde que le enviaron a cubrir la baja del padre Remigio que veía que cada día que pasaba era un dolor más o una enfermedad a mayores, por eso se alegró tanto al ver a su substituto bajar del autobús, sabía que era un buen fichaje para el pueblo. Después de saludarse efusivamente Elpidio vio una chiquilla que con una habilidad y fortaleza pasmosa, sacó del autobús las pertenencias de él, y con una pequeña reverencia saludó al joven sacerdote para darse inmediatamente la vuelta y tomar dirección a la casa del cura. ¿Cómo olvidar ese momento?, algo pasó en su corazón y en su mente que puso el contador a cero.


  • ¿Qué estás pensado, alelao?, los dos se habían aproximado peligrosamente el uno al otro, a Elpidio no le gustaban las distancias cortas, pero el placer de contemplarla era más fuerte que cualquier otra consideración.
  • Fuencisla, por favor. Cuando no estemos solos trátame como “padre”, ya sabes que enseguida, empiezan las habladurías. 
  • De empezar las habladurías nada, será en todo caso continuación de las que vienen existiendo desde que nos vieron juntos por primera vez.
  • Ya ves Fuencisla que la gente no es mala, tú lo sabes, sólo habla por no estar callada sin darse cuenta del daño que hacen muchas veces. Pero al grano, acércate a la sacristía y ayúdame a ponerme los ropajes . Últimamente pareces enfadada conmigo, ¿es verdad?
  • Toma lee esto, y le entregó la carta a Elpidio quien nada más verlo supo de qué iba la cosa.
  • Me imaginaba que esto podía pasar. Varias veces James me ha comentado sus intenciones de abrazar el sacerdocio, y aunque yo le he dado largas para que se lo pensara mejor, parece que la cosa va en serio, y esto podría desbaratar nuestros proyectos de convivencia, o al menos así lo entiendo yo.
  • Explícate mejor y no me andes con zalamerías que tienes que salir a rezar el rosario.
  • James es nuestro hijo, y no quiero que sea cura al igual que tú, quiero verle casado, feliz y con muchos hijos a su alrededor, aunque esta será una decisión que tiene que tomar él personalmente, pues es su vida.
  • ¿Y dónde entro yo en esta ecuación? -pregunto Fuencisla.
  • Dios proveerá, contestó Elpidio, pero tendrá que ser en otro momento -robando en ese instante un beso inocente a Fuencisla. Mañana nos vemos antes de la misa de 10:00 y vemos que  podemos ir haciendo, aunque hazte a la idea que sea la que sea la decisión que tomemos nos obligará a ceder a todos por algún lado. Ahora colocamé por favor todos estos ropajes y ve para casa, no te quedes a rezar el rosario, no quiero que nos vean más tiempo juntos por hoy.



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