Fuencisla, mi madre, tenía la manía de leer todo tipo de panfletos excepto libros: anuncios de los autobuses, la carta entera de los restaurantes, vallas publicitarias... si no tenía tapas le interesaba. Así que cuando encontró una carta en el cajón de la mesita que no iba dirigida a ella, en contra de su criterio habitual, la leyó, “¿Qué importa si la leo?, se decía, James no tiene nada que ocultar”, fue lo que pensó. Pero algo se movió dentro de su espíritu al acabar que hizo que guardara la carta nuevamente en el cajón cuando la terminó y para tranquilizar su espíritu anduvo de habitación en habitación por la inmensa casa vacía, hablando sola. Volvió a sacar la carta, la releyó y la volvió a leer de nuevo un sinfín de veces, hasta que, movida por un engranaje interno se levantó de la silla en donde estaba sentada salió disparada de casa, sin ponerse el abrigo ni cerrar la puerta con llave, bajó los escalones y se dirigió a la iglesia al final de la calle.
Estaba como abstraída, ensimismada en sus propios pensamientos, sin preocuparse por cómo iba vestida, su atuendo de andar por casa, sin peinar, sin pintarse un poco la cara, despreocupada por esas posibles habladurías, ese “qué dirán” tan fácil de poner en marcha nada más que algo o alguien se salía de la norma habitual. Fuencisla lo sabía, pero aún y con esas no se arredró un momento, su familia era lo primero y bien podía aguantar cualquier tipo de cuchicheo, ya taparía la boca a quien fuera cómo así había sucedido en otras ocasiones. Cruzó el umbral de la iglesia cuyo interior estaba tremendamente oscuro lo que le produjo un momento de ceguera total que la obligó a pararse. Recuperada la visión dirigió la vista hacia el confesionario en donde detectó un grupo de mujeres a la espera de confesarse, ningún hombre, éstos parecían más interesados en confesarse entre ellos en el bar jugando al dominó o al mus.
Cuando dio la absolución a la mujer que se confesaba salió del confesionario el padre Elpidio, que así se llama el sacerdote, quien se disculpó ante el grupo de mujeres pendientes de confesar, “es la hora del rosario y luego la misa, si os parece dejamos la confesión para mañana, además, si ustedes son unas santas que ya tienen el Cielo ganado”, que acompañó con una sonrisa ciertamente seductora y correspondida por las mujeres, que celebraron la broma.
Fuencisla, que vio la escena desde el dintel de la puerta, . No ha cambiado en nada el jodío, pensó. Mientras otros curas engordaban Elpidio se mantenía en su peso, ese culito le ponía a Fuencisla a tope; mientras otros curas parecían envejecer Elpidio rejuvenecía, mientras todos perdían el pelo, Elpidio lo tenía intacto, ni la tonsura se le notaba ¿será cierto aquello de vender el alma al diablo, o será el elixir de la eterna juventud que lo tiene escondido en alguno de los recovecos de la iglesia, que no son pocos?. a Fuencisla se le cambió la cara y pensó “este muchacho no ha cambiado en nada desde que llegó ya para 30 años para hacerse cargo de la iglesia, y así poder sustituir al padre Remigio, por aquella época ya medio ciego.
Elpidio estaba realmente fatigado con tanta confesión, pero le gustaba, sabía que su labor era más de ayuda psicológica que de reparar dudas religiosas, tenía la puerta del templo abierta para orearlo, y en un determinado momento fue mirar hacia la puerta cuando vio recortarse el perfil de Fuencisla, el Sol le daba en la espalda proyectando su sombra hacia el interior del recinto sagrado, parecía una diosa griega en busca de su tributo. ¿Cuanto tiempo hace desde que sus existencias se cruzaron?. Elpidio no venía convencido, estuvo en un tris de colgar los hábitos y más desde que le enviaron a cubrir la baja del padre Remigio que veía que cada día que pasaba era un dolor más o una enfermedad a mayores, por eso se alegró tanto al ver a su substituto bajar del autobús, sabía que era un buen fichaje para el pueblo. Después de saludarse efusivamente Elpidio vio una chiquilla que con una habilidad y fortaleza pasmosa, sacó del autobús las pertenencias de él, y con una pequeña reverencia saludó al joven sacerdote para darse inmediatamente la vuelta y tomar dirección a la casa del cura. ¿Cómo olvidar ese momento?, algo pasó en su corazón y en su mente que puso el contador a cero.
- ¿Qué estás pensado, alelao?, los dos se habían aproximado peligrosamente el uno al otro, a Elpidio no le gustaban las distancias cortas, pero el placer de contemplarla era más fuerte que cualquier otra consideración.
- Fuencisla, por favor. Cuando no estemos solos trátame como “padre”, ya sabes que enseguida, empiezan las habladurías.
- De empezar las habladurías nada, será en todo caso continuación de las que vienen existiendo desde que nos vieron juntos por primera vez.
- Ya ves Fuencisla que la gente no es mala, tú lo sabes, sólo habla por no estar callada sin darse cuenta del daño que hacen muchas veces. Pero al grano, acércate a la sacristía y ayúdame a ponerme los ropajes . Últimamente pareces enfadada conmigo, ¿es verdad?
- Toma lee esto, y le entregó la carta a Elpidio quien nada más verlo supo de qué iba la cosa.
- Me imaginaba que esto podía pasar. Varias veces James me ha comentado sus intenciones de abrazar el sacerdocio, y aunque yo le he dado largas para que se lo pensara mejor, parece que la cosa va en serio, y esto podría desbaratar nuestros proyectos de convivencia, o al menos así lo entiendo yo.
- Explícate mejor y no me andes con zalamerías que tienes que salir a rezar el rosario.
- James es nuestro hijo, y no quiero que sea cura al igual que tú, quiero verle casado, feliz y con muchos hijos a su alrededor, aunque esta será una decisión que tiene que tomar él personalmente, pues es su vida.
- ¿Y dónde entro yo en esta ecuación? -pregunto Fuencisla.
- Dios proveerá, contestó Elpidio, pero tendrá que ser en otro momento -robando en ese instante un beso inocente a Fuencisla. Mañana nos vemos antes de la misa de 10:00 y vemos que podemos ir haciendo, aunque hazte a la idea que sea la que sea la decisión que tomemos nos obligará a ceder a todos por algún lado. Ahora colocamé por favor todos estos ropajes y ve para casa, no te quedes a rezar el rosario, no quiero que nos vean más tiempo juntos por hoy.
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