jueves, 16 de junio de 2016

Charlatanoscopia

Capítulo I - La forja de un carácter


No había habitante en el pueblo y alrededores que no conociera la tozudez de Genaro, era algo enfermizo, diríase casi cercano a lo que hoy denominan T.O.C., o sea, un trastorno obsesivo-compulsivo, casi tan grave como la manía que hay ahora de nombrar cualquier cosa por su acrónimo: ¡alcánzame las T.P.G., por favor! (tijeras para podar grandes), o bien ¡camarero, póngame un C.S.H.! (café sólo con hielo).


No se sabe quién fue el introductor de esta moda, quizás lo fuera la serie televisiva del Doctor House, o ¿fué C.S.I. Las Vegas?, en cualquier caso da igual, sigamos con el cuento.


Todo comenzó hace muchos años en una fría mañana de octubre, domingo para más señas. El mercado del pueblo estaba hasta arriba, un señor subido a una silla gritaba con una rapidez endiablada el producto que promocionaba.


Genaro se había quedado abobado, arrobado, alucinado, citado señor era de una locuazidad imposible, ¿cómo podía hablar tan deprisa?, ¿cómo podía hacerlo tan rápido?, si no dejaba tiempo a escuchar, o a pensar, el cerebro se embotaba de tal forma que provocaba una especie de catarsis, de orgasmo colectivo.


El producto que vendía éste no era ni más ni menos que un pelapatatas, pero por el mismo precio añadía una caja grande de mixtos de madera recién importado de los EEUU, y además y por el mismo precio, el último invento en escritura: un bolígrafo marca BIC, comprados directamente en Francia por este mismo señor.


Fue este último objeto el que le obnubiló. Nada más ni nada menos que un “bolígrafo”, la gran revolución de la escritura por aquellos años, y traído además directamente de Francia, ¡guau!.


Genaro era muy ahorrador, de hecho no gastaba prácticamente nada de la asignación que le daban sus padres cada domingo (los días de fiesta no contaban), y no dudó en dirigirse a ese hablador rápido solicitándole una pequeña rebaja porque no tenía la totalidad del importe, lo que le importaba era el bolígrafo, el resto no lo quería para nada, así que el citado señor se sacrificó, dicho sea entrecomillas, y por el importe que le ofrecía Genaro le entregó únicamente el bolígrafo, negocio redondo para el señor, y satisfacción para él.


Poco duraría la alegría.


Genaro tuvo la inspiración de probarlo en varios periódicos atrasados, que quedaron magníficamente decorados con los adornos efectuados con ese invento traído desde más allá de los Pirineos, y aunque él estaba muy satisfecho, no lo estaba tanto el responsable del Casino del pueblo a quien pertenecían esos periódicos y revistas,  lo que motivó la iniciación de Genaro en las carreras de velocidad, perseguido muy de cerca por citado responsable, cuyas intenciones variaban del tirón de orejas al mosquilón, si bien tuvo que aplazarlo para otro día, ¡cómo corre el condenado!.


Una vez a salvo Genaro cerró el caparazón del bolígrafo y se lo puso en el bolsillo superior de la camisa de los domingos, y así de contento salió a dar una vuelta hasta llegar a comer a la casa de sus padres, a quienes tenía previsto hacer una gran demostración de tan mencionado invento.


Pero no, no fue por su habilidad con su adquisición por lo que gritó su madre nada más verle:


  • ¡Pero hijo, qué te ha pasado en la camisa!


y es que la tinta del bolígrafo se había “ido”, dejándola totalmente para la basura, aunque su madre ya estaba pensando en darla otro uso, en casa no se tiraba nada, además siempre le había gustado esa camisa, la verdad es que le caía mejor a ella que a él, pues a escondidas, alguna vez ya se la había puesto en alguna celebración: ¡huy, si me he puesto la camisa de Genaro!, disimulaba cuando era descubierta.


De nada valieron las reclamaciones a ese señor hablador, en cuanto le vió el siguiente domingo y otros muchos que siguieron más, pues menudo cabezota que era Genaro. El hombre se defendía como podía, decía que para lo que había pagado, pues que qué esperaba…., pero la persistencia de Genaro fué tanta que tuvo que dejar de acudir a la feria de esa plaza y de pueblos alrededor, pues Genaro había tendido una tupida red de informadores por si apareciera por algún lugar cercano a donde desplazarse en bicicleta, para asaltarle, reclamarle, y decirle de paso cuatro frescas.


Desde entonces Genaro desarrolló un resentimiento especial que motivó que canalizara todos sus estudios hacia la gente que se comportaba como aquél hombre infausto, cuyo nombre ignoraba y además no deseaba conocer, algo que empezó a preocupar a su familia, puesto que en su afán investigador había observado las similitudes con el alcalde del pueblo, gran orador, muy pagado de sí mismo, y que aprovechaba cualquier tesitura para demostrarlo, algo que como digo preocupaba a su familia, porque las observaciones de Genaro eran un tanto descaradas, no las disimulaba demasiado, haciendo incluso sentir incómodo al personaje o personajes analizados.


¿Y del señor cura?, ¿qué me dicen del párroco del pueblo?, había algo en su movimiento, algo en los gestos de sus manos, que combinaba rítmicamente con su verbo, tenía grandes similitudes tanto con el alcalde como con ese elemento de ignorado nombre.


Pero no era solamente cuando hablaban en público cuando se les veía actuar así, pareciera incluso que cuando lo hacían con la gente o entre ellos les soltaran pequeños discursos:


  • ¡Oh!, doña Juana, que bella luce hoy con ese sombrero rosa ligeramente ladeado a la izquierda y que a la par combina perfectamente con el color de su tez -decía el alcalde-.


  • ¡Pecadores!, ¿cuántas veces tengo que repetir las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo para que entren en esas cabezas?, ¿no véis que con vuestra actitud no hacéis otra cosa que insistir en el pecado?. Obcecándoos de esta forma, esos pecados graves pudieran convertirse en menores por la fuerza de la costumbre -predicaba desde el púlpitu el señor cura-, lo que sería el principio del fin del mundo.


No escapó de su observación los efectos que producía en la gente, ya fuera el orador el hombre de la feria, el alcalde, o el cura, o quien sea.


La gente pasaba por diversos trances, al principio parecía extasiada, hasta contenta, para ir cambiando conforme pasaba el tiempo o incluso muchas veces según el tema. Unos pareciera que desconectaban, caían en un sopor que difícilmente podían disimular, algo que sí parecía que hicieran otros, perfectamente identificables por sus ojos fijos, sin pestañeo alguno.


A nadie dijo nada Genaro, pero cada vez estaba más convencido que este proceder era, más que el producto de un aprendizaje o característica personal, la consecuencia de un virus contagiado de alguna manera especial y que no afectaba a todo el mundo, sino sólamente a aquellos que cumplían unas condiciones concretas, gente que no habían desarrollado defensas contra esa enfermedad.


Y esto marcó el principio de su vocación e inicio de su investigación.  


El caso es que acabado su bachillerato sus padres le estaban requiriendo para que se decidiera por algún estudio en la capital, pues tenían toda su confianza pues en él, aunque dudaran de tanto en cuando.


  • ¿Seguro que Genaro será el que nos sacará de pobres en este pueblo?, preguntaba el padre a la madre.
  • Estudiar estudia, pero le encuentro un poco “apalominao” desde el incidente de la camisa. - Y es que su madre lo achacaba más a la mancha de la camisa que al objeto en cuestión.
  • ¿Hijo -preguntaba su padre- de verdad que quieres irte a la ciudad a estudiar?, mira que no nos sobran los dineros, y aunque lo que es hambre no vamos a pasar, entre las ovejas, los cerdos, la huerta con los frutales y las cuatro tierras, mal se tendría que dar, pero tampoco es cosa de tirarlos.
  • ¡Que no, padre!, contestaba Genaro, ya le he dicho que mi vocación es la medicina, quiero sanar a todo el mundo de sus enfermedades, sean conscientes de ellas o no, que nadie sufra por ellas, y si ello nos reporta algún beneficio económico, pues bienvenido.


Genaro sabía que sus padres tenían últimamente dudas debido a su comportamiento, así que se ahorró de decir que pensaba dedicarse además a la investigación, principalmente la de ese virus que afectaba de una manera especial a quien lo padecía.


El resultado de las investigaciones las compartía con Mina (de Guillermina), su amiga de toda la vida, curiosamente hija del alcalde, muy espabilada, y que participaba activamente con sus propias investigaciones personales, eran tal para cual, y se verían en el curso siguiente en la Universidad de Medicina, si bien ella, en vez de compartir piso con otras amigas, como parece que haría Genaro, iría a un colegio femenino.


Pero esto ya es cosa del siguiente capítulo:


Capítulo II - ¿Dónde he dejado la maleta?


Resumen de capítulos anteriores


Nuestro héroe, Genaro, fue engañado siendo pequeño por un parlanchín de feria.
Según él esto está provocado por un virus, pues hay otra gente que presenta síntomas similares, decidiendo estudiar medicina para investigar y eliminar ese mal.





jueves, 9 de junio de 2016

El axioma

Primera escena: la reunión


Diez hombres reunidos en un despacho. Una mujer parece acaparar la atención de todo el mundo, rectifico, una mujer habla, el resto parece estar resignado a esta situación, como si la conocieran y supieran que no iba a parar, se la dijera lo que se la dijera.


En un momento en que la mujer paró para beber agua, Doroteo lo aprovechó hábilmente para hacerse con el control de la situación:


  • Sonia, has llegado tarde, has acaparado la reunión, nos estás contando cosas que ya sabemos y no tienen ya ningún interés, y parece que encima tenemos la culpa de todo.
  • ¿ y….?
  • ¡Qué manía con la conjunción copulativa!, pues que faltan sólo cinco minutos para que tengamos que dejar la sala (ahí tienes a Camilo haciendo señas a través del cristal), y desde que llegaste no hemos avanzado nada, así que hazme el favor de decirnos lo que quieras decirnos en la próxima reunión y establezcamos orden del día para la de la próxima semana.
  • ¡Oye, que yo no tengo la culpa de que seáis unos inútiles!.
  • Sabemos que no estamos a tu nivel, por eso te rogaría que te ajustaras al orden establecido, sin divagaciones, … y eso sí, si no vas a llegar a la hora, no entres, por favor.
  • Me sienta muy mal lo que me estas diciendo.
  • Ya vale Sonia, ahora salimos de la sala y por la tarde, después de comer, hago el acta de la reunión con el guión para la próxima, al que ruego te ajustes plenamente.
  • Pues si te pones así y no contáis con nosotros, Intervención se desentiende de este tema, pero que sepáis que vamos a hacer una vigilancia extrema para que nos informéis de cada paso que deis y situación de las imputaciones pendientes.
  • Yo te convocaré, y lo que hagas es asunto tuyo, pero no de Intervención, que entiendo que como departamento tendrá que actuar correctamente, con independencia de tu estado de ánimo. Y ahora dejémoslo ya.


  • ¡Vaya qué olor habéis dejado?, bromeó Camilo, el convocante de la siguiente reunión,  que entró sin esperar a que saliera nadie.


Doroteo se despidió de los componentes de la reunión saliente y saludó a los de la entrante, y tras las bromas rápidas de rigor salió disparado para su mesa de trabajo, casi eran las 13:45 y todavía no había enviado el oportuno correo a la lista “runners” con el texto habitual:  


“nos vemos a las 14:00 horas a la salida del gimnasio, calentamos y empezamos lo más tardar a las 14:20, no os retraseis. Hoy pienso que deberíamos forzar, ¿qué os parece el recorrido de los axiomas?”


Segunda escena: los corredores


Cuando llegó ya había cuatro de sus compañeros calentando a la salida del gimnasio:


  • El último en llegar, como siempre, gritó “El expreso de la Vera” a Doroteo.
  • Venga Doroteo, que me meo, continuó “El rápido del Lago Nes”.
  • Doroteo que te veo, saltó “Nunca calla”.
  • Pues contigo ya somos todos, añadió “El abuelo”, parece que el resto o tiene agujetas o tarea por hacer.
  • Dadme menos de cinco minutos y salimos sin calentar ni nada. Lo hacemos por el camino. Contesta Doroteo.

Tercera escena: la carrera o vivir con el axioma


A esta ruta la llamaban de “los axiomas” por la cantidad de fenómenos que concurrían en su discurrir, desde metereológicos hasta orográficos. Una mente un poco enrevesada diría que había fenómenos de ultratumba: ¿atravesaríamos por lo que antes fue un cementerio?, ¿existirían restos humanos de alguna batalla?.


Como siempre salieron al trote desde la calle de la Tableta en dirección a la pasarela que cruza por encima de la Avenida de la Huerta para atravesar la calle de los Agujeros y torcer a la izquierda por Casillas hasta llegar a la avenida de Chichén Itzá, curiosamente en ese recorrido, a pesar de ser ligeramente cuesta abajo, generalmente solían hacerlo a una velocidad de unos 6 minutos el kilómetros, lo que motivaba el siguiente grito:


“Venga muchachos, vamos tocándonos los huevos”


lo que conllevaba al poco un cambio de ritmo notable, principalmente al entrar en el parque del mismo nombre … quiero decir en el parque de Chichén Itzá, no en el parque de los huevos, aunque pudiera valer en este caso.


Llegado aquí, hubiera el tiempo que hubiera, y aunque ese fenómeno metereólogico se producía en otros lugares, en éste era seña de identidad, y  a pesar de ser un día soleado, se produjo el primer axioma:


“Vayas por donde vayas, el viento te da siempre de cara”, algo inexplicable.


Nada más pasado el parque se cruzaba la Circular para llegar al Campo de los Países, entrar en el Parque de San Carlos por la puerta Sur y llegar al aparcamiento del mismo, en donde se solía producir otro de los axiomas:


“Cuánta más sed tengas, más probabilidades de que esté rota la fuente”, inexplicable.


Desde el aparcamiento se salía por la puerta Norte, siguiente a la que entramos, seguir por Rio Sena, bajar nuevamente a la Circular, coger el Parque de la Ciudad Rosa, hasta llegar por Arequipa hasta la Avenida de la Huerta, y desde ahí subir, subir y subir … que cómo habréis adivinado es otro nuevo axioma:


“Vayas por donde vayas, siempre hay más subidas que bajadas”


combinándose con este otro:


“Si has bajado a 6 minutos, nunca subirás a menos de cinco”, increible.


… y así hasta llegar nuevamente al gimnasio.


  • Misión cumplida, compañeros, doce kilómetros a una media de 4:55 el kilómetro, por debajo de los 5, si nos mantenemos así en la maratón bajamos de las 4 horas sin problemas.


Última escena: ¿qué sería del trabajo sin las reuniones?.


El cortometraje acabaría con Doroteo que vuelve al puesto de trabajo todo mojado de la ducha y con el bocata en la mano, hoy no le ha dado tiempo a comer decentemente:

  • Puta vida, otra reunión, no sé cuando voy a trabajar, hoy lunes, como muy tarde, a las 19:00 me largo para casa, y mañana, Dios dirá.




viernes, 3 de junio de 2016

La margarita Pepita



El tema de la tarde es libre, le comento a mi señora que me dé alguna idea y me contesta, no sé si de verdad o cachondeo: pues habla de Pepita la Margarita, y como quiera que es un personaje no inventado todavía, pues ahí va la siguiente propuesta:


Objetivo
Creación de una colección de cuentos.
Personaje
La margarita Pepita.
Público
Infantil hasta 8 años.
Fin perseguido
  • Promover la contemplación de la naturaleza.
  • Aprendizaje del sosiego personal.
  • Iniciar en la meditación, la relajación y la visualización.


Habitualmente los personajes de los cuentos infantiles suelen ser otros niños o animales que actúan igualmente como niños.


En el presente caso estamos ante un personaje distinto que propone una visión diferente: la de una margarita, una flor que no puede desplazarse como lo hacen los animales o las personas, por lo que la acción tendrá que centrarse en algo que ella pueda contemplar desde su posición.


Los temas principales serían los fenómenos atmosféricos, otros animales, incluso personas que estén haciendo alguna actividad, siempre tratado positivamente, el humor es imprescindible.


Podemos intentar crear un ejemplo:


Título: “Un día en la vida de la margarita Pepita” o “la margarita Pepita y el pintor”.


Acababa de llegar la primavera, los días iban siendo cada vez más largos, y aunque los días eran calurosos, las noches eran frescas, sobre todo el amanecer; aunque esto no quitaba para que de tarde en tarde cayera una tromba de agua que la dejara toda limpia y resplandeciente.


Esa mañana había amanecido fresquita, había desayunado estupendamente, pues el terreno estaba bien regado y era muy rico en nutrientes en general.


Como sabéis las plantas se alimentan a través de las raíces hundiéndose en el suelo buscando aquellas sustancias minerales más acordes a su gusto y necesidad.


Apenas había amanecido cuando vio a lo lejos la figura de un ser humano, por la forma de andar se diría que no era joven, apenas le quedaba pelo, pero el que le quedaba lo tenía blanco y se lo había dejado largo por detrás, y aunque trataba de disimularlo con un gorro de ala ancha, se supone que para evitar la acción del Sol, se veía claramente que en otra época debió tener bastante más pelo. Llevaba una mochila, y colgada a la mochila una especie de artilugios, unos pinchos, una cazuela... Encima llevaba una caja plana.


Estuvo contemplando diversas flores de la campiña, incluso se entretuvo mirando a primas suyas, pero fue cuando llegó a su altura cuando se entretuvo mirándola desde un lado, remirándola desde otro, la sopló suavemente, sacó un pequeño cepillo y la peinó un poco sus pétalos, ¡qué cosquillas!, se alejó y pareció que había quedado contento.


Depositó la mochila en el suelo, procurando no herir a ninguna flor, lo que parecían pinchos se transformó en una silla, y de la caja salió un trípode, donde colocó un cuadro que aparentaba una tela blanca, una paleta y unos tubos de pintura.


Preparó primero la tela pintándola de un sólo color, azul concretamente, la miraba con atención  colocando el pulgar de la mano derecha para arriba para posteriormente seguir aplicando colores en la tela.


Esta operación la hacía de continuo, pero no transcurría una hora sin que bebiera agua o descansase tumbado sobre una manta que había tirado sobre la hierba.


Cuando el Sol estaba en su punto más alto sacó un recipiente, le abrió, y con una especie de tridente pequeño cogía su contenido para introducírselo en una ranura que tenía en la parte superior, ¿que creéis que estaba haciendo?, efectívamente, comiendo, para después de vaciar su contenido volverse a tumbar nuevamente sobre la hierba.


Al poco rato se quedó dormido, y cuando respiraba, parecía que tronaba…. ¡sí, lo habéis adivinado!, estaba roncando.


Cuando despertó retomó con brío la tarea, y pasada media tarde durante la cual había borrado, pintado, reborrado y puesto diferentes caras raras más, pareció plenamente satisfecho, pues emitía una especie de música muy melodiosa, se diría que estaba contento, y finalmente debió de ser así, porque volvió la tela hacia ella y le enseñó lo que había hecho.


¡Qué bonito!, era ella misma, ¡qué guapa había quedado!... ¡qué gracioso es este humano!.


Fin del cuento.

Esto es un pequeño borrador sediento y totalmente abierto a cualquier sugerencia.