Capítulo I - La forja de un carácter
No había habitante en el pueblo y alrededores que no conociera la tozudez de Genaro, era algo enfermizo, diríase casi cercano a lo que hoy denominan T.O.C., o sea, un trastorno obsesivo-compulsivo, casi tan grave como la manía que hay ahora de nombrar cualquier cosa por su acrónimo: ¡alcánzame las T.P.G., por favor! (tijeras para podar grandes), o bien ¡camarero, póngame un C.S.H.! (café sólo con hielo).
No se sabe quién fue el introductor de esta moda, quizás lo fuera la serie televisiva del Doctor House, o ¿fué C.S.I. Las Vegas?, en cualquier caso da igual, sigamos con el cuento.
Todo comenzó hace muchos años en una fría mañana de octubre, domingo para más señas. El mercado del pueblo estaba hasta arriba, un señor subido a una silla gritaba con una rapidez endiablada el producto que promocionaba.
Genaro se había quedado abobado, arrobado, alucinado, citado señor era de una locuazidad imposible, ¿cómo podía hablar tan deprisa?, ¿cómo podía hacerlo tan rápido?, si no dejaba tiempo a escuchar, o a pensar, el cerebro se embotaba de tal forma que provocaba una especie de catarsis, de orgasmo colectivo.
El producto que vendía éste no era ni más ni menos que un pelapatatas, pero por el mismo precio añadía una caja grande de mixtos de madera recién importado de los EEUU, y además y por el mismo precio, el último invento en escritura: un bolígrafo marca BIC, comprados directamente en Francia por este mismo señor.
Fue este último objeto el que le obnubiló. Nada más ni nada menos que un “bolígrafo”, la gran revolución de la escritura por aquellos años, y traído además directamente de Francia, ¡guau!.
Genaro era muy ahorrador, de hecho no gastaba prácticamente nada de la asignación que le daban sus padres cada domingo (los días de fiesta no contaban), y no dudó en dirigirse a ese hablador rápido solicitándole una pequeña rebaja porque no tenía la totalidad del importe, lo que le importaba era el bolígrafo, el resto no lo quería para nada, así que el citado señor se sacrificó, dicho sea entrecomillas, y por el importe que le ofrecía Genaro le entregó únicamente el bolígrafo, negocio redondo para el señor, y satisfacción para él.
Poco duraría la alegría.
Genaro tuvo la inspiración de probarlo en varios periódicos atrasados, que quedaron magníficamente decorados con los adornos efectuados con ese invento traído desde más allá de los Pirineos, y aunque él estaba muy satisfecho, no lo estaba tanto el responsable del Casino del pueblo a quien pertenecían esos periódicos y revistas, lo que motivó la iniciación de Genaro en las carreras de velocidad, perseguido muy de cerca por citado responsable, cuyas intenciones variaban del tirón de orejas al mosquilón, si bien tuvo que aplazarlo para otro día, ¡cómo corre el condenado!.
Una vez a salvo Genaro cerró el caparazón del bolígrafo y se lo puso en el bolsillo superior de la camisa de los domingos, y así de contento salió a dar una vuelta hasta llegar a comer a la casa de sus padres, a quienes tenía previsto hacer una gran demostración de tan mencionado invento.
Pero no, no fue por su habilidad con su adquisición por lo que gritó su madre nada más verle:
- ¡Pero hijo, qué te ha pasado en la camisa!
y es que la tinta del bolígrafo se había “ido”, dejándola totalmente para la basura, aunque su madre ya estaba pensando en darla otro uso, en casa no se tiraba nada, además siempre le había gustado esa camisa, la verdad es que le caía mejor a ella que a él, pues a escondidas, alguna vez ya se la había puesto en alguna celebración: ¡huy, si me he puesto la camisa de Genaro!, disimulaba cuando era descubierta.
De nada valieron las reclamaciones a ese señor hablador, en cuanto le vió el siguiente domingo y otros muchos que siguieron más, pues menudo cabezota que era Genaro. El hombre se defendía como podía, decía que para lo que había pagado, pues que qué esperaba…., pero la persistencia de Genaro fué tanta que tuvo que dejar de acudir a la feria de esa plaza y de pueblos alrededor, pues Genaro había tendido una tupida red de informadores por si apareciera por algún lugar cercano a donde desplazarse en bicicleta, para asaltarle, reclamarle, y decirle de paso cuatro frescas.
Desde entonces Genaro desarrolló un resentimiento especial que motivó que canalizara todos sus estudios hacia la gente que se comportaba como aquél hombre infausto, cuyo nombre ignoraba y además no deseaba conocer, algo que empezó a preocupar a su familia, puesto que en su afán investigador había observado las similitudes con el alcalde del pueblo, gran orador, muy pagado de sí mismo, y que aprovechaba cualquier tesitura para demostrarlo, algo que como digo preocupaba a su familia, porque las observaciones de Genaro eran un tanto descaradas, no las disimulaba demasiado, haciendo incluso sentir incómodo al personaje o personajes analizados.
¿Y del señor cura?, ¿qué me dicen del párroco del pueblo?, había algo en su movimiento, algo en los gestos de sus manos, que combinaba rítmicamente con su verbo, tenía grandes similitudes tanto con el alcalde como con ese elemento de ignorado nombre.
Pero no era solamente cuando hablaban en público cuando se les veía actuar así, pareciera incluso que cuando lo hacían con la gente o entre ellos les soltaran pequeños discursos:
- ¡Oh!, doña Juana, que bella luce hoy con ese sombrero rosa ligeramente ladeado a la izquierda y que a la par combina perfectamente con el color de su tez -decía el alcalde-.
- ¡Pecadores!, ¿cuántas veces tengo que repetir las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo para que entren en esas cabezas?, ¿no véis que con vuestra actitud no hacéis otra cosa que insistir en el pecado?. Obcecándoos de esta forma, esos pecados graves pudieran convertirse en menores por la fuerza de la costumbre -predicaba desde el púlpitu el señor cura-, lo que sería el principio del fin del mundo.
No escapó de su observación los efectos que producía en la gente, ya fuera el orador el hombre de la feria, el alcalde, o el cura, o quien sea.
La gente pasaba por diversos trances, al principio parecía extasiada, hasta contenta, para ir cambiando conforme pasaba el tiempo o incluso muchas veces según el tema. Unos pareciera que desconectaban, caían en un sopor que difícilmente podían disimular, algo que sí parecía que hicieran otros, perfectamente identificables por sus ojos fijos, sin pestañeo alguno.
A nadie dijo nada Genaro, pero cada vez estaba más convencido que este proceder era, más que el producto de un aprendizaje o característica personal, la consecuencia de un virus contagiado de alguna manera especial y que no afectaba a todo el mundo, sino sólamente a aquellos que cumplían unas condiciones concretas, gente que no habían desarrollado defensas contra esa enfermedad.
Y esto marcó el principio de su vocación e inicio de su investigación.
El caso es que acabado su bachillerato sus padres le estaban requiriendo para que se decidiera por algún estudio en la capital, pues tenían toda su confianza pues en él, aunque dudaran de tanto en cuando.
- ¿Seguro que Genaro será el que nos sacará de pobres en este pueblo?, preguntaba el padre a la madre.
- Estudiar estudia, pero le encuentro un poco “apalominao” desde el incidente de la camisa. - Y es que su madre lo achacaba más a la mancha de la camisa que al objeto en cuestión.
- ¿Hijo -preguntaba su padre- de verdad que quieres irte a la ciudad a estudiar?, mira que no nos sobran los dineros, y aunque lo que es hambre no vamos a pasar, entre las ovejas, los cerdos, la huerta con los frutales y las cuatro tierras, mal se tendría que dar, pero tampoco es cosa de tirarlos.
- ¡Que no, padre!, contestaba Genaro, ya le he dicho que mi vocación es la medicina, quiero sanar a todo el mundo de sus enfermedades, sean conscientes de ellas o no, que nadie sufra por ellas, y si ello nos reporta algún beneficio económico, pues bienvenido.
Genaro sabía que sus padres tenían últimamente dudas debido a su comportamiento, así que se ahorró de decir que pensaba dedicarse además a la investigación, principalmente la de ese virus que afectaba de una manera especial a quien lo padecía.
El resultado de las investigaciones las compartía con Mina (de Guillermina), su amiga de toda la vida, curiosamente hija del alcalde, muy espabilada, y que participaba activamente con sus propias investigaciones personales, eran tal para cual, y se verían en el curso siguiente en la Universidad de Medicina, si bien ella, en vez de compartir piso con otras amigas, como parece que haría Genaro, iría a un colegio femenino.
Pero esto ya es cosa del siguiente capítulo:
Capítulo II - ¿Dónde he dejado la maleta?
Resumen de capítulos anteriores
Nuestro héroe, Genaro, fue engañado siendo pequeño por un parlanchín de feria.
Según él esto está provocado por un virus, pues hay otra gente que presenta síntomas similares, decidiendo estudiar medicina para investigar y eliminar ese mal.