Comenzó a oír los gritos y voces de gente que se aproximaba, el ruido de los perros corriendo con decisión hacia donde él se encontraba, ladrando en la oscuridad; incluso le pareció oír el rotar de las hélices de un helicóptero, cuyo foco barría su entorno cercano.
Empezó a ventilar, 1-2-3: suavemente inhalar, 4-5-6: lentamente exhalar. No tardó mucho tiempo en relajarse, aunque magullado, estaba plenamente consciente, sin dolores, y no paraba de preguntarse qué había fallado.
Sabía que algún día podría pasar, nunca había considerado ni sopesado las consecuencias caso de existir un error, tampoco contaba con plan alternativo, tal era su confianza, pero ese día había llegado.
Todos los cálculos que había efectuado señalaban esa noche, equinoccio de diciembre, si bien esos cálculos no decían nada respecto a que igualmente esa noche iba a ser la más fría desde que existen registros.
Desde muy niño sintió una atracción especial por los lugares abandonados o medio en ruinas, barrios, callejuelas, herramientas, monedas, utensilios u otros enseres antiguos, cuanto más, mejor.
Realmente no sabía de cuando le venía esta afición, pero recordaba especialmente una tarde de verano de hace muchos años en que unos parientes de su tía asturiana del pueblo, le llevaron a pasar una tarde a Valencia de Don Juan. Al final del día, después de haber jugado en la piscina hasta caer rendido, a la salida, y repuestos sus fuerzas todos con un buen bocadillo de jamón y otras delicias contenidas en eso que antes se llamaba fiambrera, y que no deja de ser más que una tupperware.
Antes de comenzar el regreso, el conductor, conocedor del hecho evidente de haber vaciado algo más de lo prudencial la bota, cuyo contenido no era otro que ese vino especial que hacían de forma muy particular cada uno de los agricultores, elegido entre lo mejor de sus vides, quienes competían entre ellos por sacar el mejor y más especial; el caso es que, como decía, decidió pegarse una pequeña siesta, no sin antes dejar encargo a su esposa de despertarle una hora más tarde, y ésta a su vez nos dió licencia, tanto a sus dos hijos como a un servidor, para que hiciéramos lo que quisiéramos por el castillo hasta las 21:00 horas, salvo destrozarlo, ya sea por obra de nuestras manos o del griterío que estábamos montando, posiblemente por haber ingerido algo del contenido de esa bota, y es que por aquella época no se tenían tantos miramientos con la gente menuda.
El juego elegido fue uno bastante habitual en aquella época sin internet ni juegos electrónicos: “el escondite”, consistente en que uno, ubicado en un determinado lugar al que llamaríamos “casa”, se da la vuelta cerrando los ojos para no ver en donde se ocultan el resto de los compañeros de juego, y transcurrido un determinado plazo, cuanto menos mejor, comienza la búsqueda por el entorno prefijado de antemano, y con independencia de otras reglas que no mencionaré para evitar alargar el párrafo, el primero en ser detectado sería el que se ocuparía de buscar al resto de participantes en el siguiente juego.
La casualidad hizo que se acomodara pegado a una parte de la muralla, cercana a la torre del homenaje, oculto por un matorral seco. Al tocar una de las piedras del lienzo derecho de la muralla sintió una especie de especial confort (¿otra vez el vino?), seguido de un cosquilleo corporal que le provocó una especie de confusión, pues parecía entrar en un poliedro con numerosas caras en donde se veía el mismo paisaje pero en otras épocas, y aunque podía ver como si fuera una ventana, no podía moverse ni acceder a ellas, ni tan siquiera interactuar con las personas al otro lado, alucinándole por un lado, pero por el otro produciéndole una gran confusión, pues como se indica en este mismo párrafo, era capaz de ver distintos momentos del pasado de un sitio concreto.
Cansados de buscarle los dos hermanos empezaron a jugar entre ellos como si nada, pero la cosa cambió a preocupación cuando vieron que tenían que regresar al pueblo y seguía sin aparecer; ya serían cerca de las diez de la noche cuando le localizaron con los ojos estrábicos, mirando sin mirar, oyendo sin oir, en una postura realmente incómoda, pero de la que se levantó sin el menor atisbo de problema nada más percatarse de que le habían localizado. Nadie dijo nada por no preocupar a la tía asturiana, pero a partir de ese momento no le dejaron suelto en ninguna de las otras excursiones que hicieron a lo largo del verano, y ese capítulo aparentemente se borró de la mente de todos.
¿De la mente de todos?, no, por supuesto que no, él nunca lo olvidó, esa sensación de introducirse en distintas etapas del pasado, esa confusión placentera que le provocaba el estar aquí y estar a la vez en tiempo real en otros momentos le producía una especie de adicción. Cuando pasaba al lado de una casa derruida, no desperdiciaba el momento de tocar la fachada, la puerta o cualquier cosa, por ver si conectaba con ese pasado.
Siendo un mozo ya había perfeccionado la técnica, y encontrándose en Paris tuvo momentos realmente impactantes, pues en distintos paseos por sus barrios, sólo con acertar con la piedra, o el banco, o el lugar, ese poliedro empezaba a funcionar, llegando a reconocer a grandes pintores, literatos y matemáticos; de uno de ellos pudo leer una fórmula en la que trabajaba y que entendió estaba relacionado con el espacio/tiempo, una especie de transbordador que, según intuyó, le sería de vital importancia para poder participar en la vida de los personajes que veía a través de la caras de ese poliedro, y no sólo de verlas.
Realmente no tenía ninguna duda de lo correcto de sus cálculos. Según estos tenía que situarse en una determinada coordenada en un fecha concreta, para que se pudiera producir ese viaje al pasado.
Las coordenadas más cercanas correspondían a la fortaleza califal de Gormaz, y la fecha el momento justo del equinoccio de invierno de ese año, que vaya casualidad que fuera justamente a las 12 de la noche un día con luna nueva, aunque si estuviera llena daría igual, porque el cielo estaba totalmente cubierto.
Coincidía con fin de semana, así que no tuvo problemas para alquilar una casa rural cercana. Decidió llevar comida, pues así no tendría que comprar nada y ahorraría tiempo, y aquí intuía que pudiera residir el error, que no tenía nada que ver con cálculos matemáticos, sino con el buen estado de conservación de una salsa de setas, que esparció sobre unos raviolis comprados, al igual que la salsa, entorno a un mes en las ofertas 3 por 2 del Supermercado “La Peineta Francesa”.
No estaban mal de sabor, pero notó que algo no iba bien cuando en el viaje en coche a la fortaleza sintió un dolorcito en el vientre, su estómago empezó a generar unos extraños sonidos, que decidido como estaba a llevar a cabo su tarea, prefirió ignorar.
Pero los ruidos no sólo ignoraron a su vez ese desdén, sino que además empezaron a acompañarse con más molestias intestinales, posiblemente generadas por un gas que se desprendía como consecuencia de la combustión de los raviolis con su salsa y estas a su vez con los jugos gástricos, que estaba pugnando por salir.
Ya en la fortaleza no le quedó otro remedio que acercarse a un lado de la muralla, bajarse los pantalones y una vez en posición abandonar la lucha y dejar que huyeran libremente tanto aquello en lo que se hubiera transformado ese alimento como sus ruidos y gases correspondientes.
Consecuencia del relax inmediato, una vez en pie, avanzó unos pasos espurriéndose, los pasos justos para pisar precisamente esa piedra que el tiempo había acabado por liberar su presión de sus acompañantes, cayendo al vacío de un aljibe, afortunadamente vacío y sin mucha profundidad, pero el causante de su estado actual, no se había roto nada, pero tampoco había forma de salir de ahí, así que la aventura finalizó llamando al 112, quienes después de desechar que se trataba de una broma, que les costó, enviaron el oportuno equipo para rescatarlo, parece que en función del equipo movilizado, le iba a salir por un huevo, mejor no pensarlo.
Ya podía ver las luces de las linternas, y las voces se sentían muy próximas, dentro de poco le sacarían de allí y podría volver a recalcular las siguientes coordenadas para acceder a ese pasado, sólo esperaba que para la próxima vez fuera por lo menos verano.
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