Acerca de los diferentes estados de tensión que puede sufrir el paciente a quien se le va a operar de hernia inguinal, así como otras generalidades de menor calado.
Estaba citado para operarme a las 13:00 horas del miércoles 9 de marzo del 2016 en el Hospital Universitario Rio Hortega.
No debía tomar nada de alimento, ni agua tan siquiera, desde las 8:00 horas de la mañana.
El despertador sonó como todas las mañanas a las 7:30 horas, y contrariamente a lo que suponía, estaba relajado y tranquilo.
Preparé un poco más de desayuno que habitualmente, y para mi sorpresa me encontraba en una especie de nube, ni puse la radio ni música ni nada, sólo escuchar los ruidos de la calle y de mi entorno cercano: una ducha, las puertas de un armario que se golpean, el despertador del vecino con esa melodía machacona….
El desayuno me supo como nunca y sentarme en el estómago aún mejor, y fue ahí en ese punto cuando tomé conciencia del día que era, lo que me esperaba y la tarea que había comprometido hacer antes de salir, la comida una de ellas, y realmente no es lo mismo cocinar a su hora que a las nueve de la mañana, diríase que la zona del cerebro que se ocupa de esa misión de cocinar estuviera descansando tranquilamente hasta la hora en que habitualmente lo hace, generalmente a partir de las 13:00 horas.
Sea como fuere, poco antes de las 12 de la mañana ya había acabado con mi lista de tareas (me había negado en última instancia a efectuar una hoja a modo de testamento), entre el que se encontraba un aseo personal a fondo, nada de la ducha mañanera habitual (mojarse, enjabonarse, aclararse, secarse de forma automática) sino una ducha como Dios manda, con su posterior crema hidratante (extraordinaria excusa para masajear el cuerpo), y una ligera lluvia de una colonia especial, bouquet de 1998 (aún tiene el precio en pesetas -me costó un huevo-), que increíblemente a pesar del tiempo transcurrido no sólo no ha perdido su aroma, sino que incluso le ha mejorado (cosas veredes amigo Sancho).
Menos mal que se me ocurrió preguntar, porque cuando llevábamos 15 minutos esperando al autobús me da por mirar en el panel y veo que no había ninguno al hospital, algo debió salir por mi boca, porque inmediatamente un par de amables personas que estaban a mi lado me dijeron que era en la parada de enfrente, y que si me daba prisa todavía podía cogerle porque estaba a punto de salir, así que después de darles amablemente las gracias salimos disparados (iba con mi mujer) llegando justo a tiempo, no hubo necesidad de hacer ningún número especial como llamar la atención del conductor de alguna manera para que no saliera, o golpear el autobús, o colocarse delante para que tuviera que parar por narices, o pasara por encima, opción que mi mente tenía descartada.
Lo cierto es que llegamos rápido, no eran las 13:00 horas cuando ya habíamos pasado por el Servicio de Atención al Paciente y nos habían conducido a la habitación, ahí me entregaron el pijama abierto a la espalda, bata y toallas, las zapatillas las llevaba de casa, y además me entregaron un frasco con un líquido marroncillo para que me duchara y me lo aplicara por todo el cuerpo, pero principalmente a la parte que se supone sería más afectada. Ese fue mi primer momento de debilidad.
No habrían transcurrido más de cinco minutos desde que salí de la ducha cuando se presentó “el barbero”, persona que amablemente depilaría toda la zona y algo más, desde el ombligo para abajo, y cuya visión fue la causa de mi segundo momento de debilidad, no, no era una continuidad del primero, era otro distinto, sólo en parte acallado por su entretenida conversación, se le veía persona que conocía perfectamente estos momentos y sabía empatizar claramente con el paciente (un servidor), despidiéndose con un taurino “suerte, maestro”, cuyo efecto fue contrario al deseado, pues al poco pasaron para tomarme la temperatura y la tensión y la tenía disparada (13 - 9).
No hay mejor tranquilizante que un libro, aunque el que tenía en la mano no me estaba gustando nada (¿o sería quizás por el lugar y momento en donde estaba?), así que me sumergí en su lectura, con pequeños descansos para hablar con el vecino de habitación y sus familiares, y realmente estaba bastante tranquilo (había mirado el reloj y calculaba que hasta dentro de una hora no vendría nadie), cuando entró una auxiliar pronunciando en alto mi nombre con una sonrisa.
Mi tercer momento de debilidad. Pedí que por favor me dejara hacer un pis. Calculé distintas posibilidades de escaparme a la carrera, pero me daba cuenta que estaba desnudo (bueno, con ese pijama abierto a la espalda) y además mis piernas, esas que me han conducido firmemente durante maratones y maratones, me habían traicionado, negándose incluso a caminar.
Me tumbé en la cama con la mayor dignidad que pude, fue el momento en que mi mente me recordó el plan establecido, ¿acaso no llevaba ya tres años de yoga con su correspondientes sistemas de concentración y relajación?, pero pronto me di cuenta que lo que tenía aprendido sólo estaba preparado para situaciones en que la mente y el cuerpo están más o menos en sintonía, para estas crisis seguro que hay otros ejercicios a los que nunca accedí, esto o bien es que no había sido lo bastante aplicado.
Conforme íbamos recorriendo pasillos y ascensores en dirección al quirófano mi cuerpo empezó a temblar, estaba literalmente helado, aunque la temperatura ambiente seguía siendo la misma, o al menos eso me aseguraba alegremente la auxiliar que me transportaba (parece que este síntoma es una variante del ataque de pánico), al que no contribuyó en nada el anuncio que oí a través de los altavoces respecto a una operación procedente de urgencias que entraba en ese momento, obviamente y entre temblores me revolví y dije que yo no era ese que anunciaban, que era el de la hernia, contestándome, mientras me ponían una vía de suero y colocaban una manta de calor por encima, que podía estar tranquilo, que el de urgencias iba para la otra sala, y ya fuera por esta noticia, por la manta de calor, o el efecto de lo que hubieran puesto en la vía, el caso es que empecé a encontrarme un tanto adormilado, y entre nubes oi: …. te vamos a colocar al lado de la mesa del quirófano, levanta un poco el culo para colocarte ahí …. así, muy bien …. ahora siéntate así de medio lado…. abrázame …. le abrazé …. saca un poco más el culo…. le saqué… noté un pinchazo en la espalda, que ya me imaginaba yo algo así, y automáticamente dejé de sentir las piernas ….. y sin esperar a mucho más, me quedé dormido.
El despertar fue en la sala contigua al quirófano en donde estaríamos otras cuatro personas más, las piernas todavía dormidas, no me gustaba nada estar así, creo que se pasaron con la dosis pues hasta casi dos horas más tarde no empecé a menearlas suavemente, subiéndome a la habitación justo en ese momento.
A la salida de la sala estaba mi familia, y fue como cuando se traspasa la línea de meta, todo parabienes y enhorabuenas, y tuvo el efecto de cambiar mi estado de ánimo, empezando a bromear no sólo con el “no siento las piernas”, sino también con el recuerdo que me producía el recorrer los mismos pasillos y ascensores testigos de mi viaje al quirófano.
Una vez en la habitación el enfermero me informó sobre la necesidad de hacer lo posible por orinar y así eliminar la anestesia, tarea a la que me dediqué en cuerpo y alma nada más quedarme sólo. Horroroso, no podía mear, tampoco tenía ganas, pero veía que tenía una pequeña bola sintomática de que estaba lleno. Me pusiera en la postura que me pusiera el resultado era siempre el mismo, como mucho un par de gotas, pero de mear nada, así que en contra de mi voluntad no me quedó otra que apretar el botón rojo (volamos hacia Moscú, Stanley Kubrick, Peter Sellers). Rápidamente se presentó una enfermera a la que trasladé mi preocupación: no tenía ganas de mear, de hecho no lo hacía, y sin embargo sí podía verse claramente un pequeño bulto por la retención de orina, que incluso llegaba a doler cuando se le apretaba un poco. El veredicto fue fulminante e inequívoco y desencadenante de un nuevo momento de debilidad: había que sondar.
Al poco vinieron tres enfermeras con diversa herramienta, una me localizó el pito que se había escurrido astutamente, otra enfermera ayudaba a la tercera, que al parecer estaba en prácticas, algo que no me tranquilizó nada, le indicaba cómo tenía que sacar los tubos para que no se contaminaran, lubricarlos, y finalmente cómo había de meterlo …. ahora coges el pito con la izquierda, tomas el tubo por la parte superior e introduces con cuidado, pero con decisión ….. no fué doloroso, que lo fué, principalmente fue desagradable, el caso es que al poco empezó a salir todo el líquido retenido, prácticamente hasta el medio litro, es decir, estaba a tope. No me mareé ni nada, pero las enfermeras estaban convencidas que lo iba a hacer de un momento a otro, de hecho estaban mirándome a la espera de alguna reacción, y como quiera que no se produjo y el único chiste que se ocurrió era bastante malo, al final optaron por largarse situándome a corta distancia el mando de llamada por si tenía alguna urgencia.
No me podía menear a la izquierda porque tenía la vía intravenosa, y tampoco a la derecha por la sonda, sólo podía estar boca arriba o un poco ladeado para cualquiera de las partes, así que dada la situación y la hora decidí dar una oportunidad a mis conocimientos de Yoga para relajarme, y sea por esto o por los analgésicos que intuyo iban por vía intravenosa, el caso es que dormí profundamente.
Al día siguiente me encontré con un amigo que trabaja en el hospital y al que no había querido molestar, y me informó que precisamente uno de los efectos secundarios de la epidural, al inmovilizar las funciones de la cintura para abajo, era precisamente la dificultad en la micción, que era algo relativamente habitual, problema al que se había añadido mi pequeño problema de hiperplasia benigna. Supongo que si no lo dicen así de claro es para evitar poner nervioso al paciente, pero creo que se debiera ser un poco más claro. De todas formas aquí lo dejo expuesto para público conocimiento.
Por fin ya sólo me quedaba un último momento de debilidad, la retirada de la sonda, efectuada por la misma enfermera en prácticas que la puso y que, antes de hacerme una idea de lo que podía pasar, optó por el ya mencionado método de “hacerlo con cuidado, pero con decisión”, algo que le agradecí profundamente, aunque este agradecimiento no suprimió para nada las sensaciones de desagrado y dolor conjuntamente.
No me extiendo más, lo principal ya está dicho, y quede claro que a pesar del tono empleado, ligeramente socarrón pero sin malicia, no siento más que agradecimiento hacia los distintos profesionales que me atendieron.
Me niego a colocar fotografías o vídeos relativos a este tipo de operaciones, prefiero que disfrutéis con este maravilloso tema de Paul McCartney extraído de su primer disco en solitario (McCartney, 1970), aunque creo que estuvo a punto de colarse en el doble LP Blanco de los Beatles.
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