lunes, 23 de enero de 2017

Atracón de cine en Navidad



No sabía cómo, pero como si hubiera sido arrastrado desde otra realidad se encontró envuelto en una muchedumbre que pululaba en la calle de uno a otro lado, de este escaparate al de aquél, de un establecimiento al de más allá.

Él simplemente andaba, se paseaba, se dio cuenta de que estaba bien abrigado, estaba calentito a pesar de notarse que el ambiente era tremendamente frío. El calor que tenía era muy agradable, confortable.
Al principio no reconoció la calle, la luz de los adornos navideños y rótulos de tiendas apenas la iluminaban por completo. Le recordaba las calles de algún mundo colonial salido de la mente de Philip K. Dick, o de Blade Runner mismamente. ¿Podría ser la calle Santiago?. Aunque con pequeños matices, apostaría que sí.
En ese momento se percató que no entendía el idioma de nadie, sus voces y acentos no le sonaban de nada.
Se fijó en la vestimenta que llevaban. ¡Madre mía!, ¿de dónde ha salido esta gente?, unos llevaban chilaba, otros capa, abrigos de cuatro cuartos, cazadoras roqueras, pero otros iban con prendas increíblemente finas para el frío que hacía, o simplemente con una chaqueta e incluso con ropa ligera.
¿Y sus rostros?, pareciera que llevaran careta. No, no parecía que llevaran careta, aún un poco más allá: careta no era, eso lo podía jurar.


¿Y su aspecto?, gordos, peludos, altos, súper altos, enanos, delgados.
¿La Guerra de las Galaxias?.
No estaba seguro, pero no tenía constancia de ningún certamen de disfraces, a no ser que estuviese metiéndose en la grabación de alguna película sin saberlo.
¿Y qué llevaba en la mano?, una bolsa del Pullover con una prenda dentro, y la factura con un papelito amarillo en donde aparecía en grande DEVOLVER, firmado por una cara sonriente con un corazón.
Recordó que su hija había comprado por internet unas prendas utilizando su tarjeta de crédito. El que devolviera una prenda era toda una gentileza.
Como a unos doscientos pasos vio el cartel del establecimiento en cuestión: Pullover, justo en un sitio donde había mirado antes de ver lo que llevaba en la mano, y juraría que había cualquier otro menos ese. Bueno, algún despiste, tampoco tiene tanta importancia.
En el local no se podía entrar, de continuo sacaban género que nada más colocarlo era cogido por una multitud ansiosa, unos la disponían sobre ellos y se fijaban en los distintos espejos para ver cómo les quedaba, había quien lo llevaba a un apartado oscuro en donde aparentaba que se lo ponían para probárselo, ¿y cómo van a ver como les queda si esta oscuro?, otros con menos recato se quitaban sus propias prendas para probarse las nuevas en el mismo sitio.
Se acercó a lo que aparentaba la fila de la caja y se atrevió a preguntar lo habitual en estos casos: ¿es usted el último?, sin contestación, seguramente no habría entendido, hablaba de una forma rara con sus acompañantes, aunque ninguno se parecía entre ellos, eran de lo más dispares.
Aprovechando un cruce de miradas con uno de ellos repitió la pregunta : ¿es esta la cola para la Caja?, y esta vez si tuvo contestación entendible e inmediata, no sabía porqué pero parecía que el mensaje se lo había enviado directamente a la mente sin articular palabra, como si fuere un wasap: “sí, era la línea de Caja, y el último no era ninguno de ellos, era él”, lo que desató unos ruidos que percibió como risas tanto del interpelado como de sus acompañantes.
Esto impulsó algún tipo de alarma dentro de su instinto de supervivencia, que se concretó en mirada de besugo con toques de bobalicón más sonrisa inocentona que debió gustarles, no sólo rieron más, sino que acompañaban sus gestos con palmadas, ya sobre su espalda, ya sobre sus hombros o sobre su cogote directamente, en función de la cercanía de su anatomía.
La cola iba rápida, y antes de preguntarse qué iba a decir a la cajera se la encontró de frente, estaba en un alto como de medio metro, parecía la mesa de un Juzgado, y la cajera uno de los jueces que le taladraba la mente con un “dese prisa, caballero, hay otra gente detrás suya esperando”. Entregó la prenda a devolver con la factura e inmediatamente sacó la tarjeta con la que se había efectuado el pago: “no se moleste caballero, el sistema reconoce la tarjeta con la que se hizo el pago y abona ahí directamente”, por no quedar callado se le ocurrió decir la tontería de “es que estamos en el futuro”, que como respuesta tuvo “el que parece que se ha quedado un poco en el pasado es usted, ¿se ha dado cuenta de la ropa que lleva?”, estaba claro que esta última frase era un truco comercial para compra de ropa en este local, en cuya trampa no iba a caer.
Como si fuera un truco de magia se percató que la ropa que llevaba era uno de los trajes que utilizaba cuando trabajaba, que aunque cuando la compró le parecía elegante ahora le parecía ridículo por anticuado, se miró y al no encontrar respuesta miró a la cara de la cajera que le devolvió la mirada, “¿se encuentra usted bien, caballero?”, “No, no es eso, es que yo traía otra ropa, este traje le tiré cuando dejé la oficina”.
Un guardia en manga de camisa se acercó, le cogió del brazo y le arrastró de la línea de caja a la salida, empujándole, “venga, no estorbe y si no va a comprar nada siga andando”.
A pesar de ser la misma puerta por la que entró, la salida no era a la misma calle, sino a un salón glamuroso del siglo pasado, lleno de mesas repletas de los mejores manjares. No sabemos de donde salieron las fuerzas para decirle al guardia “oiga, antes entré por aquí pero venía de una calle”, contestando el guardia con el mayor aplomo que pudo “pues claro, hay una entrada, y una salida”, algo que no le aclaró demasiado, pero prescindió de hacer otras preguntas al recordar a quien se parecía este policía, era el jefe Wiggum, de los Simpson, y no parece un disfraz.
Cuando se dio la vuelta ya no era un salón glamuroso, era la plaza de un pueblo con un escenario donde la orquesta de Mary Poppins tocaba la sin par “supercalifragilísticoespialidoso”, apoyado por su insistente estribillo “Um-dittle-ittl-um-dittle-I“, traducido valientemente al español como “Dan dilidili dan diliday, dan dilidili dan diliday”.
En ese momento apareció el jefe Wiggum con sus policías, transformados en unos seres horrorosos del tipo a Darth Maul.
No esperó a saber si venían o no con malas intenciones, giró el cuerpo para escapar y ahora le pareció estar en un parque de atracciones, ¿Coney Island?, en donde al fondo le pareció ver una sala de cine, a donde se dirigió a la carrera camuflándose entre la cola de la gente que esperaba para entrar o salía de alguna sesión, entremezclándose además con aquella que estaba en una especie de ambigú, en donde había como reclamo un gran cubo de palomitas, el producto más reclamado por esos extraños cinéfilos, con independencia de la salsa con la que las acompañaran, intentando camuflarse como si nada en esa cola, de donde automáticamente fue rechazado por colarse, no valiendo de nada las disculpas y peticiones de auxilio, y como calibraba que todo el mundo ponía su atención en él, que curiosamente ahora llevaba otro traje distinto igual de carca, se lanzó por una puerta que aparentemente llevaba a las salas de cine, pero que sin embargo era la entrada a una especie de tobogán sin fin en donde, como "Alicia, en el Pais de las Maravillas", caía dando vueltas, vueltas, vueltas y más vueltas ….
¡Por Dios, qué pesadilla!, no vuelvo a comer palomitas nunca más…., qué sed…., me tomaría un río de agua…., si es que estaban saladas…., estos canallas lo hacen así para que tengamos que beber…... ¿Y la película?, vaya tostón. Bueno, un vaso de agua, un pis, y vuelta a la cama.

Bueno, creo que ha quedado claro que se trataba de una pesadilla provocada por una indigestión de palomitas en un tarde de cine navideña.

Os paso este video divertido sobre Coney Island.








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